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EL REINO DURMIENTE

Y LA BELLEZA INEXORABLE

Ana María Hurtado


Das Sterben machet Leben

Jn dem der weise Mann zu tausendmalen stirbt / 
Er durch die Wahrheit selbst umb tausend Leben wirbt

Angelus Silesius, Cherubinischer Wandermann, 27

                                                                                                                                               

Morir hace vivir

Aunque el hombre sabio muera mil veces

obtiene , mediante la verdad, mil vidas

Angelus Silesius, El Peregrino Querúbico. 1-27

 

 

                           

El Sueño de la Bella

 

El sueño de la bella en el bosque es una imagen que nos ha cautivado desde la infancia e insiste en alcanzarnos con el deseo y el misterio.  El deseo  y el misterio del cambio, de la transformación, del sueño de la vida y  de la muerte, de un conocimiento circular, que parte de un lugar y regresa a ese preciso lugar cien años después. De nuevo, dejémonos llevar por la riqueza de  esas imágenes primordiales que respiran dormidas en este antiguo cuento.

El cuento de hadas que los hermanos Grimm llamaron Dornröschen, y que Perrault llamó la Belle au Bois Dormant (La Bella Durmiente del Bosque) tiene una larga historia  sumergida en el tiempo; relato antiquísimo que difiere en las vicisitudes, pero que conserva   intacto el centro: distintas versiones nos hablan de una niña que duerme suspendida en el tiempo, amenazada de morir, y cuya maldición de muerte es trocada en sueño. Diferentes maneras de caer en el sueño, diferentes maneras de despertar, pero siempre la misma niña dormida en el umbral de la adolescencia. La versión alemana que nos ocupa tiene interesantes matices, comenzando por el nombre – Dornröschen -cuyo acento no está colocado en el sueño sino en el seto de espinas que aísla y protege el dormir de la pequeña Rosa; allí se vislumbra un signo, pues aunque el sueño es el protagonista en esta versión, aun más que en la versión francesa, existe un acento en esa rosa oculta en el  castillo,  inaccesible tras el seto de espinas. Ese detalle es crucial para acercarnos al relato recopilado por los Grimm.

La historia comienza con el deseo  de los reyes de tener un hijo, padres deseantes enfrentados a un deseo insatisfecho que necesita espera y maduración. La reina escucha la palabra de la rana y, cual insólita Anunciación, aguarda el cumplimiento. La escucha y la espera; el plazo dado evoca el tiempo de la gestación. Sabemos entonces que este cuento está marcado desde su inicio por los tiempos femeninos. No por casualidad es la rana la que anuncia el nacimiento. Animal que en muchas culturas se relaciona con el agua, la luna, las lluvias, la fertilidad y la fecundidad, elementos que nos remiten al mundo simbólico de la madre tierra. Al cumplirse el plazo nace una niña, estableciéndose ya en pleno la dinámica arquetipal de la feminidad.

Al ser satisfecho el deseo de los padres, éstos realizan una gran fiesta donde son invitadas las hadas, significantes de lo femenino ctónico, tal como la  rana del comienzo. La presencia de las hadas para colmar a la niña de virtudes parece corresponder con la necesidad de los padres de complacerse en la perfección de la hijita. Son trece las hadas del Reino, sin embargo, los reyes prescinden de la decimotercera, justificándose por disponer sólo de doce platos de oro. Siguiendo en la atmósfera femenina, las trece hadas evocan los trece meses lunares, alusión  a los ciclos ocultos de la mujer y de la naturaleza, es sabido que el ciclo menstrual se rige por los veintiocho días del mes lunar, antigua manera de contar el tiempo en las épocas agrarias y matriarcales.

 

La Maldición

 

La decimotercera hada excluida del festejo, furiosa e indignada, desea la muerte de la recién nacida y profiere la maldición: ¡La niña al cumplir los quince años se pinchará con un huso  y morirá!

¿Por qué esa ira desmedida por no ser invitada? Algo tenemos que leer en esa reacción aparentemente exagerada. Ya sabemos que al tratar con cuentos de hadas no podemos quedarnos en la blanda superficie del relato. El que sea la decimotercera hada la que maldice con la muerte, producida, además, por un instrumento de hilar que pincha y hace sangrar, parece significar la consolidación del tiempo inexorable de lo femenino:  la pubertad que anuncia la primera menstruación, el misterio de la primera sangre, de la oculta profundidad del cuerpo femenino, de la oculta profundidad de la materia, silencio y puntualidad en la manifestación, además la posibilidad de la desfloración y el coito, anuncio de la maternidad, que en versiones más antiguas se hace presente en la durmiente madre de dos hijos (versión de G. Basile).

 El hada malvada lo es para el rey, en tanto configura la presencia  del tiempo y la transformación de la vida, interesante hacer la reflexión sobre esa” maldad”. Viene a recordar que ante el deseo omnipotente de los padres de que la hija no se transforme en mujer, ella declara que la niña morirá, que debe morir, y que el tránsito será anunciado por el misterio de la sangre, heraldo permanente de la vida femenina: aparece la sangre, se oculta en el embarazo, se transforma en  la lactancia, se atesora en la menopausia.

El hada XIII es el hada de lo inexorable, de lo real, de la naturaleza en su ritmo. Por lo general, su figura es odiosa pues los humanos rechazamos todo lo que implique duelos, separaciones y muerte.

El hada XII, que aún no había manifestado su don, corroboró lo dicho por el hada XIII: ante lo inevitable de la naturaleza sólo se puede simbolizar, y eso hace, cambia muerte por sueño, conocida la similitud entre ambos. Así la “maldición” ha de cumplirse en el ámbito de lo simbólico. El sueño impuesto, ese letargo que parece muerte, adviene en tanto símbolo de repliegue al inframundo y espera silenciosa. El sueño será extendido a todo el Reino, pues cada aspecto de la niña, externo o interno, amerita este repliegue onírico que proteja la transformación necesaria.

Esta es la vertiente de misterio del cuento, el misterio de la feminidad en un plano, el misterio de la naturaleza en otro plano. La imposibilidad de transformar el yo en sujeto ante el hecho sobrecogedor que lo trasciende, el yo como objeto de la vida, saber que algo nos vive desde la interioridad, y que el sueño, si bien nos aleja del afuera, nos acerca al Otro que somos.

El sueño de la niña prefigura también el sueño de la propia naturaleza en el invierno, sueño que parece muerte y que sin embargo, esconde en si el futuro despertar de la tierra en  primavera.

 

El Mandato del Rey

 

 El padre intentará evitar la maduración y separación de la niña, lo contrario del padre de la Bella y la Bestia, que la entrega, o del padre molinero de la niña de Rumpelstilzchen.  El rey ordena la desaparición de  los husos, símbolos fálicos, y todas las ruecas, símbolos femeninos, del hilar de la vida, la rueda del devenir de los ciclos vitales. Su intento, sabemos, será en vano. Este mandato oculta el deseo de quedar fuera del tiempo y sus transformaciones.

El padre desea interrumpir el curso de la vida; nótese, sin embargo, el silencio de la reina, quien como mujer sabe que no hay nada que hacer ante el dictamen del hada. Acaso estos padres al no tener platos para el hada, están realmente evitando su presencia y lo que ella simboliza; niegan el cambio y la separación, la trasformación que tendrá que sufrir indefectiblemente esta niña. Ya en esta negación estaría también la dificultad inicial para el embarazo, el hijo deseado es un hijo que viene a llenar el deseo narcisista de los padres, y por lo tanto, no deberá crecer ni separarse de ellos; en una negación omnipotente del paso del tiempo, intentan interferir el curso de lo natural y la secuencia de las generaciones, y el embarazo es precisamente un entregarse al curso de la naturaleza y aceptar el advenimiento de una nueva generación que nos sustituya.

 

De cómo la niña comienza su sueño

 

El encuentro entre la niña púber y la anciana es el punto de inflexión del cuento, la niña se ha quedado sola en el castillo, nótese este detalle, los padres no están y ella puede intentar el acceso a zonas desconocidas, zonas de su cuerpo, de su mente y de su mundo. Este nuevo estado de inicial ampliación de la consciencia la lleva a  la Torre a través de una escalera de caracol, el girar la llave en una cerradura le permite acceder a una pequeña habitación; este escenario nos remite en un principio al imaginario freudiano, clásicos símbolos de los genitales femeninos y del coito; en esa pequeña habitación de la Torre halla a una anciana hilando con la rueca; si dejamos de lado los estereotipos, apreciaremos la hermosa imagen de una niña que se topa de improviso con el antiguo misterio de la feminidad, la anciana que hila, la antigua mujer que habita en ella, en su sancta sanctórum, en el locus sagrado representado por la torre, lugar de ascenso arquetipal: la Anciana Sabia que le muestra cómo hilar, símbolo vivo de cómo su cuerpo hila en  silencio , en un permanente ir y venir teje y desteje , aumento y disminución como las fases de la luna, ese encuentro es profundamente trascendente, hacen epifanía  las parcas, las mujeres que nos hilan la vida y la muerte.

Más allá de las interpretaciones sobre la menarquía, la desfloración y la genitalidad temprana, está la imagen del encuentro definitivo con el misterio del cuerpo femenino, símbolo también del misterio del inconsciente, también oscuro, profundo y habitado de arcaicas presencias. Tras el impacto de ese encuentro, la niña muere, deja la infancia e inicia el camino del renacer como mujer y la posibilidad de convertirse en madre, que sabrá hilar y deshilar desde sus adentros. Por supuesto, este primer encuentro no deja de producir horror. Toda niña se paraliza ante el insondable misterio que habita en su cuerpo.

La niña se ha encontrado con el hada XIII y recordemos que el número trece en las cartas del Tarot es el Arcano de la Muerte, de la transformación. Sin embargo,  nada es inmediato, así como la primera menstruación, a la que indudablemente alude el cuento, no genera una inmediata transformación ni biológica ni psíquica, la niña tendrá que entrar en una latencia, en un reposo que la prepare para una transformación más profunda y completa. Es conocido que en este periodo, las niñas en el umbral de la adolescencia se retraen, se aíslan, hecho que no se circunscribe a las niñas, sino que también los muchachos muestran este repliegue, esta aparente pasividad preparatoria, este aislamiento y separación de los padres. El reino de la infancia tiene que dormirse tras ese pinchazo doloroso que nos aleja de la inocencia.

B.Bettelheim (Psicoanálisis de los Cuentos de Hadas) pensaba que en la versión alemana faltaba el necesario castigo al hada malvada, tal como sí lo contempla la versión más conocida de Perrault; sin embargo, si nos permitimos una visión ampliada, afirmaríamos que no hay tal necesidad de castigo, pues la maldición del hada en otro nivel de significado viene a convertirse en una Bendición; tal vez esto sea un importante mensaje escondido en el cuento, tanto para las niñas como para los niños, pues es sabido cómo la cultura patriarcal irrumpe en los eventos naturales de la feminidad, transformando la menstruación o el parto en maldiciones, degradando así un aspecto especialmente valioso y esencial de la femenino. Debemos agregar que la presunta “maldición” introduce el necesario impulso para la separación y aumento del nivel de consciencia.

 

El Rito de Iniciación

 

En este punto aparece otro interesante aspecto. El sueño de la Bella representa en si mismo un rito de iniciación, de tránsito. En toda cultura, la entrada a la adolescencia, así como a otros cambios fundamentales de la vida humana como el nacimiento, el matrimonio o la muerte, requieren un ritual que permita la representación simbólica del acontecimiento y la necesidad de un repliegue introspectivo que acompañe al cambio; si bien en nuestro tiempo parecen haberse diluido los rituales, subsisten velados de diversas maneras.

Los antiguos ritos de iniciación simbolizaban siempre una muerte. En tanto seres humanos vivimos surcados de múltiples muertes, que vienen trenzadas en cada cambio, en cada separación, con nuevas resurrecciones y reencuentros. En el caso del adolescente, deberá morir el niño y nacer el hombre, morir la niña, nacer la mujer. Vemos como de nuevo el hada XIII es la emisaria de esta iniciación, la que rompe la fantasía narcisista y omnipotente de los padres.

 Muchos antiguos ritos de iniciación se realizaban aislando al niño o niña en lugares propicios: fosos, cuevas, cabañas construidas en la espesura del bosque, donde durante un tiempo permanecían como en un útero del cual renacerían transformados en adultos y preparados para el matrimonio. Asimismo, la utilización de sustancias especiales que generan alucinaciones o inducen el sueño y hacen perder la conexión con el afuera, contribuían en los ritos iniciáticos a la experiencia de muerte- renacimiento.

Mientras la pequeña Rosa duerme, el principio masculino inicia su propio proceso de crecimiento, que en este caso implica la salida de la casa paterna, el escuchar al anciano sabio, que lejos de lograr detenerlo lo impulsa en la búsqueda. Iniciación masculina. Necesidad de movimiento, libertad y diferenciación.

También en los ritos de iniciación masculina, los jóvenes deberán adentrarse en el bosque en búsqueda de lugares prohibidos, conseguir un objeto particularmente valioso y retornar transformados por haber tenido acceso a otro mundo. En la totalidad del cuento, se muestra también el tránsito del príncipe que logra el objetivo, en contraposición a los  que perecen en el intento. El seto de flores que le permite la entrada al recinto de la Bella y que se cierra tras él, nos trae la imagen del novio que en las sociedades matriarcales pasa a formar parte de la familia de la novia, y a un nivel simbólico, el ego del príncipe que se diluye en el lecho del Ánima Mundi.

Si bien la Bella Durmiente nos habla casi explícitamente del florecimiento sexual de una niña, también nos acerca al florecimiento de instancias internas, de niveles mayores de consciencia y reflexión, de la necesaria coniunctio entre cuerpo y psique o entre materia y espíritu, o entre lo real y lo simbólico. Y en la metáfora de la naturaleza, es el renacimiento de la tierra en primavera.

No obstante, también nos sugiere  un peligro que no podemos obviar, el riesgo de quedarnos en aislamiento y repliegue narcisista, de negar la transformación, el paso del tiempo y la muerte, con el resultado de mantenernos aislados tras un cuerpo sin significados convertido sólo en una valla aislante de espinos y un interior congelado en el no tiempo.

 

La Rosa Alquímica

 

 Nuestra pequeña Rosa queda aislada en su reino, también dormido, una impenetrable valla de espinos la protege, el mismo cuerpo se hace frontera, para que la psique crezca y se trasforme; mientras el cuerpo también cambia, algo en su interior reposa replegado, en máxima introspección. Metáfora de la crisálida, anticipo del emerger de la Psyché, con su cualidad de mariposa, como la imaginaron los griegos (ψ).

En este punto nos adentramos en un aspecto que, sumado a los anteriores, confiere a este cuento una riqueza extraordinaria; la versión alemana hace alusión en el nombre a la Rosa, ante esa rosa inaccesible y dormida no podemos dejar de pensar en la simbología alquímica. Tomemos en cuenta que tratándose de  un antiguo relato medieval europeo, bien pudo ser vehículo de imágenes alquímicas: la transmutación necesaria de la materia en oro, no en oro vulgar sino en metal divino, símbolo de la espiritualización de la materia. En esa niña encerrada tras el zarzal, la pequeña rosa oculta en un castillo, que duerme por cien años, advertimos su ego en proceso de disolución, que  nos conecta con el nigredo, la noche oscura del alma, la necesaria oscuridad y alejamiento de la sensorialidad y de los objetos externos, que le permitirá, dado el tiempo adecuado, el despertar renovada a un nuevo estado de consciencia. Es la Rosa que surge en su perfección luego del trabajo alquímico.

En alineación especular hallamos al príncipe, personaje complementario de la bella, cuya aparición no comporta voluntad heroica de lucha, sino una volitiva templanza de entrar en el tiempo en resonancia con él, no forzar, no apresurar, como los otros príncipes que perecen en el intento pues no están en armonía con el acontecer del alma; también el príncipe necesita transformación  y conocimiento, ampliación de la consciencia, deseo que debe ser reconocido y   ajustado al momento de la satisfacción.

“Siendo los dos personajes del cuento simétricos en importancia, el viaje del príncipe hacia el rosal que cubre el castillo puede ser visto especularmente como un regreso En efecto, el despertar de la rosa de su repliegue narcisista es reflejo especular del movimiento del príncipe a su encuentro; en esta versión no hay lucha, el príncipe aparece en el momento justo en que la bella comienza el regreso de sus adentros, él viene en Kairós, y el zarzal convertido en seto penetrable de flores permite su entrada y  la coniuctio, encuentro de opuestos en la dinámica alquímica, encuentro con la sexualidad y comienzo del camino hacia la madurez ante el reconocimiento del Otro, sendero hacia la individuación.

Hemos apreciado como los significados se han ido sobreponiendo casi en configuración mandálica. (Dicho sea de paso, los mandalas han sido utilizados en ritos de iniciación, ya que son símbolos de la totalidad del mundo, de la circularidad de la vida y de la completud del psiquismo.) En el centro, una Rosa, este aspecto del cuento nos hace imaginarlo como un mandala escrito, contado, sugerente perspectiva. En un primer círculo, la púber que tras la menarquía entra en latencia hasta que su cuerpo esté maduro para el sexo y la maternidad; en un segundo circulo, la niña que abandona la infancia y debe replegarse para poder separar sus contenidos psíquicos de los de sus padres y lograr acceder a su propia psique; en tercer circulo, la naturaleza que entra en reposo para revivir en primavera; en un cuarto círculo, la Rosa alquímica que debe morir para luego renacer de sus cenizas, desde lo más recóndito de la materia, como la rosa de Paracelso…

Ese despertar de la Rosa es la Aurora Consurgens, la aparición de la luz nacida de la más profunda oscuridad, la luz nacida de la noche y la tiniebla, como lo intuyó el poeta Hesíodo: el despertar se da una vez cumplido el tiempo, tal como se levanta con puntualidad la aurora tras la noche. Curioso que Disney en su versión cinematográfica escogiese el nombre de Aurora para la bella durmiente, el inconsciente colectivo nos espera en sitios insospechados.

La mirada alquímica nos conduce a las reflexiones de Jung en El Secreto de la Flor de Oro; en ese símbolo oriental de lo divino que habita en nuestro interior, él advierte un símbolo alquímico escondido en el Castillo de Oro, en la Ciudad de Jade, en el recinto sagrado; acá  no podemos sino recordar la imagen de la Rosa dormida en el Castillo a la espera del despertar.

Ese recinto sacro interno, que es origen y meta del alma, y que contiene esa unidad de vida y consciencia, primero tenida, perdida luego y que ha de encontrarse. (cfr.Jung)

 

Ana María Hurtado

Psicoterapeuta 

 

 

Referencia del Blog im Geviert, link

http://geviert.wordpress.com/2011/01/12/el-reino-durmiente-y-la-belleza-inexorable/

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Sin el alma, no hay forma de salir de este tiempo" C.G.Jung