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Dios en la Psicoterapia:

del encuentro a la intimidad

 

 

En memoria del Dr. José Luis Vethencourt

quien enseñó sobre la verdadera unidad del Hombre.

 

 Luis Caldera Tosta  


 

     El Dr. José Luis Vethencourt en el único libro que publicó en vida titulado “Lo Psicológico y la Enfermedad”, habla sobre la unidad del hombre y expone a su vez “cuatro planos absolutamente trabados entre sí, pero claramente diferenciables y caracterizables” en el ser humano (1977, p. 133). Estos cuatro planos en recíproca dependencia son: 1) el celular, propio de la fisiología intracelular; 2) el inter-celular, propio del agrupamiento celular somato-orgánico visible en los órganos del cuerpo humano; 3) el psicológico, en el que conviven lo instintivo, lo reflejo, lo motivacional, lo afectivo y lo cognitivo, el cual abarca desde la actividad anímica en estrecha relación con lo fisiológico, neuronal y endocrinológico, hasta lo que surge de la vida social característicamente humana, lo que la psicología social llama representaciones sociales y la sociología ideología, y 4) el existencial, que surge del libre albedrío, que le da al hombre la posibilidad característicamente humana de crear, lo cual le permite al hombre ir más allá de las limitaciones o condicionamientos de los planos anteriores. Los tres primeros planos también se dan en el animal, en alguna medida el tercero y exclusivamente el cuarto pertenece al ser humano.

      En función de este sencillo y muy didáctico esquema, aunque no exhaustivo, y prácticamente obviando los dos primeros planos, me permitiré hacer algunas ampliaciones y profundizaciones para demostrar que la experiencia de la trascendencia es una experiencia universal y necesaria, que aparece en el material de la consulta psicoterapéutica psicoanalítica y que no necesariamente está ligada al “hablar de Dios” sino que va surgiendo del “encuentro” terapéutico en el que se va profundizando en la vida interior del paciente, tanto en lo diacrónico del análisis de su historia personal hasta en el acontecer sincrónico vivido como inesperado, numinoso y cargado de significado, todo lo cual habla de un Dios de sutil presencia que no es experimentable sino vivible en la intimidad más honda y subjetiva de una consciencia particular, que dada su dificultad para describirla en categorías científicas, y prefiriendo el lenguaje poético o mítico, es mejor describirla como “corazón”.

   Debemos atrevernos a reflexionar sobre el hombre en la totalidad de lo que es, de lo que vive y necesita, de lo que anhela y da sentido a su existencia. Nuestra cultura sufre del grave error del reduccionismo al creer que el hombre es sólo cuerpo, o sólo mente, o sólo espíritu, o sólo representaciones sociales, o sólo ideologías, o sólo “chispa divina”. Dios es precisamente esa verdad que unifica, que integra, que acontece diacrónica y sincrónicamente como experiencia interna y externa para darle sentido a las experiencias últimas de sufrimiento. Dios se vive en el misterio de la profunda intimidad incomunicable de cada persona, en el encuentro con la total “otredad” donde no hay palabras ni condicionamientos. Dios es lo verdaderamente real, es la realidad “tal y como es”, lo infinitamente simple y la perfecta unidad, verdad, belleza y bien que toda persona humana desea. Dios es el totalmente Otro. Entendido así, Dios es quien puede sanar de raíz la enfermedad existencial del hombre, enfermedad que se origina en la contemplación narcisista del ego y la consiguiente ruptura de la función de la realidad cuya gravedad oscila entre la neurosis y la ansiedad hasta el atrapamiento urobórico de la psicosis.

  Algunas de estas afirmaciones no son de carácter científico, Dios no es una experiencia científica y nunca podrá serlo pero paradójicamente es “vivible”, más no por eso es una abstracción o una ideología aunque debamos de reconocer que la religión (y no sólo la cristiana) ha sido utilizada a lo largo de la historia como ideologización. Dios es un encuentro personal e íntimo, incomunicable, Real y al mismo tiempo imposible de objetivar en el sentido científico, totalmente objetivo en la vivencia subjetiva, que sale al paso y acontece en todos y con independencia de la cultura. Dios es el arcano por excelencia, es el fundante creacional y existencial y el fin último del sentido de la vida. En una reflexión personal el Dr. Vethencourt se hace estas preguntas:

 

      “Y si resultase que la necesidad de adorar fuese algo tan vital para el hombre como la necesidad de prestigio o de pertenencia a un grupo o de poseer una identidad definida? ¿Cómo quedaría tanta psicología científica ante tamaño descubrimiento? Hasta el presente la obsesión de la psicología ha sido reducir la pluralidad de necesidades humanas y la obsesión de los historiógrafos la de reducir la variedad de tramas significativas de la historia… ¡Ay del reduccionismo freudiano! ¡Ay del esquematismo conductista el día en que se llegue a aceptar que existe la necesidad de adorar como algo autónomo, inobjetable y definido a su propio objeto! ¡Ay de la antropología cultural cientificante! y ¡ay de la aséptica sociología el día que se descubra que la necesidad del rito constituye un meollo irreductible de lo humano enlazada con su hambre de trascendencia!... Ese día será el crujir de dientes por la sedicientes ciencias de la conducta que en su ignorancia audaz habrían contribuido a corromper la necesidad de adoración por haberle cerrado el camino a fuerza de cientifizazos” (2009, p. 280).

   El campo propio de trabajo de la psicoterapia clínica es el sufrimiento mental, pero no cualquiera sino el positivo, el sintomático, el objetivable del trastorno y la enfermedad, el de los signos y síntomas, el psicodinámico y sólo a este nos vamos a referir. El sufrimiento mental es la vivencia de fragmentación de la experiencia interna, la esquizofrenia de la mente dividida o disociada, la autonomía de aquella parte del psiquismo que se impone a la consciencia, a la voluntad y se des-liga de la totalidad de la existencia. En términos somáticos el sufrimiento es la pérdida de la armonía orgánica, la ruptura del orden interno biológico en el cuerpo.

   Debemos advertir antes de continuar que Freud no estuvo equivocado al denunciar que lo que mucha gente experimenta y describe como Dios es reflejo de las introyecciones familiares, sea como expresión directa, el padre castigador que sigue punitivamente su castigo dentro de la mente, o compensatoria, ante la madre ausente se genera una idea sobrevalorada de una “Virgen María” que está presente en todas partes dando amor. Lo que muchos pacientes describen como Dios, santos, espíritus, Espíritu Santo, la virgencita, José Gregorio Hernández, la energía cósmica o universal, una voz que me guía, Jesús en mis sueños, el oráculo de los ángeles, las apariciones o posesiones diabólicas, etc., pueden ser en buena medida proyecciones de dramas psicológicos internos, complejos patológicos autónomos que toman la forma de una representación cultural y social, y por tanto son susceptibles de ser analizadas bajo la óptica psicopatológica y científica como auténticas proyecciones patológicas. La autonomía de la psique es un hecho incuestionable. Los pensamientos y las emociones tienden a imponerse compulsivamente en la esfera de la consciencia hasta el punto de la posesión.

 

 II. Posesión

 

   La posesión de los complejos autónomos ha sido hartamente descrita por los psicoanalistas. Cuando la voluntad cede ante la fuerza de la autonomía de los complejos, que se comportan como personalidades autónomas internas cargadas de emoción, la función de realidad cede y la neurosis de repetición o la actividad delirante toman la vida anímica del enfermo. A veces la posesión por parte de los complejos no llega a niveles de interferencia patológica. La mente de una persona sana puede generar errores e ilusiones, provenientes de la actividad discursiva y emocional de los complejos, con lo cual su comprensión del mundo externo e interno es igualmente errónea. La posesión surge del plano de lo psicológico, y tiene bases neurofisiológicas y sociales muy claras y definibles. Es en esta mente ordinaria aquella condicionada por los aprendizajes y la larga cadena de reforzamientos, repleta de errores y cegueras paradigmáticas, que se agrupan en lo que la psicología analítica llama los complejos, en donde con claridad se da la posesión, sea esta proveniente de un error ideológico o cultural o de un delirio psicótico. No podemos negar que nuestra psique estructurada verbalmente, con una actividad discursiva constante, en el que bullen automáticamente pensamientos y emociones, es una psique plagada de errores e ilusiones. Morin lo dice claramente:

   “Todo conocimiento conlleva el riesgo del error y la ilusión… El mayor error sería subestimar el problema del error; la mayor ilusión sería subestimar el problema de la ilusión. El reconocimiento del error y la ilusión es tan difícil que el error y la ilusión no se reconocen en absoluto. Error e ilusión parasitan la mente humana desde la aparición del homo sapiens” (1999, p. 5).

    El mismo autor le da tanta importancia a la posesión que la presenta como “Noología”, el estudio de la posesión. Dice  Edgar Morin (1999, p. 10):

 

“Debemos ser bien conscientes que desde el comienzo de la humanidad nació la noosfera –esfera de las cosas del espíritu- con el despliegue de los mitos, de los dioses; la formidable sublevación de estos seres espirituales impulsó y arrastró al homo sapiens hacia delirios, masacres, crueldades, adoraciones, éxtasis, sublimidades desconocidas en el mundo animal. Desde entonces, vivimos en medio de una selva de mitos que enriquecen las culturas”.                         

 

     Podemos dar mucha evidencia de la constante actividad de los complejos armando una trama mítico-narrativa en la mente humana. La psique distorsiona la percepción tanto de la realidad externa como del mundo interno y la percepción de uno mismo. Los complejos psicológicos tienden a afirmarse, a imponerse y a poseer la experiencia real del aquí y ahora. La mente condicionada tiende a la pulsión, al automatismo y a la repetición neurótica. No corresponde ahora profundizar en este punto, por ahora vamos a dar como hecho comprobado la fuerza de la mente inconsciente que genera imágenes, fantasías, pensamientos y emociones al punto de hacerse omnipresentes, haciéndonos creer en sus errores e ilusiones. En definitiva la mente posee una estructura narrativa que deriva en una  complejidad  mítica que continuamente interpreta o distorsiona la experiencia sensible. Es decir que la mente interpreta todo lo que es ser humano vive.

  Pero cuidado, la psicología no puede ni debe pretender comprender ni mucho menos patologizar reductivamente la compleja variedad de realidades humanas que no son propiamente psicológicas. En otras palabras la psicología no es una antropología ni mucho menos un sistema de trascendencia; debemos advertir con seriedad que ella corre el peligro de ser considerada como tal. El Dr. Vethencourt advirtió sobre este peligro (1977, p. 141): una antropología fundamentada en el paradigma psicológico conllevaría a la tentación de un pan-psiquismo donde todo es justificable psicológicamente y entonces el libre albedrío, el compromiso social del hombre, la justicia, el amor o el respeto quedarían totalmente anulados.

    Por otro lado también demostró claramente que tarde o temprano un paciente enfrentado a conflictos propiamente existenciales, en relación con los valores, con lo transpersonal y lo trascendente, pero que sólo cuenta con una aproximación psicológica colapsa y termina reforzándose más aún el complejo patológico, se cierra en sí mismo y el sufrimiento se vuelve intolerable al punto de la auto o hetero-destrucción. Digámoslo con algunos ejemplos: un intenso sufrimiento que se deriva de una experiencia infantil terriblemente traumática cuando se analiza desde lo estrictamente psicológico en alguna medida se hace imposible su elaboración, sería el de una paciente que quiere ajustar cuentas con su madre maltratadora o el de un hombre que auto-condena su identidad ante la ausencia paterna, o el de una niña violada por su propio padre quien le marcó de por vida su sexualidad y que sólo expresando su ira o poniéndola en palabras puede hacer catarsis o sanar. Todas estas experiencias son transformables desde la apertura hacia lo existencial, hacia los valores, y desde aquí hacia la trascendencia, hacia el misterio y la profundidad de lo totalmente Otro, en la gama de opciones del vacío e impermanencia de la que habla el budismo.

   El Dr. Vethencourt no pretendió desarrollar una filosofía y estaba plenamente consciente de lo ambiguo del término “existencial”, más bien buscaba describir aquella instancia no psicológica que parte del libre albedrío, de la autoconsciencia y que luego llevaría al paciente al terreno de los valores e incluso más allá, a lo trans-individual o lo supraindividual, a lo espiritual (1977, p. 142). Lo psicológico no abarca toda la vivencia íntima en el hombre. La consciencia, la mismidad, la intimidad, los valores, la belleza y el discernimiento ético, entre otros, no son instancias psicológicas aunque se describan desde la mente. Aquello que se viven en lo más íntimo de lo subjetivo no es comunicable por tanto no es una experiencia objeto de la ciencia, pero es universalmente vivida.

       Me he ubicado en un plano netamente humanista y por los momentos prefiero evitar toda digresión sociológica, jurídica o filosófica. Digo esto porque también es un hecho indiscutible que al hombre también debemos entenderlo como ser social cuya conducta tiene un impacto en los demás y que por tanto la sociedad tiene todo el derecho de regir el comportamiento individual anómalo. A pesar de esta limitación la casuística psicoterapéutica da evidencias de lo aquí expresado, gracias a ella puedo dar fe de la complejidad de los dramas y sufrimientos en el ser humano que en muchos casos no son comprensibles ni juzgables por la lógica y la razón. Mucho más difícil sería captar el acontecimiento de la transformación del hombre, sólo se que ocurre, se que acontece, se que algo misterioso sale al paso de la persona enferma y despierta en él un potencial creador justo cuando todo parecía perdido. Sería inflado creer que es sólo el análisis quien lleva al enfermo al puerto de la sanación, aunque ciertamente la actitud reflexiva y analítica pone en alerta hacia lo sobrenatural. La clínica psicoterapéutica puede referirse sólo a remisión o mejoría en los síntomas. Para describir una fenomenología de la sanación, curación y transformación debemos echar manos de otras áreas de las humanidades como la literatura, la poesía, las artes, la filosofía y la teología.

 

III.   La vocación del hombre

 

     Ya hemos dicho que el hombre individual experimenta dentro de sí todo un mundo interno lleno de emociones, pensamientos y sensaciones. La vastedad de la mente puede ser vista como un gran libro de mitos que se suceden uno tras otro.

 El psiquismo no es psicodimámico sino psicodramático tal y como demostró a su manera Jacob Levy Moreno.

 Y aunque la mente esté poseída por mitos, complejos, compulsiones o delirios, es innegable que todos sentimos un llamado muy dentro a una esperanza, a un “algo más”. 

 

 

El budismo, por ejemplo, es muy claro en sus cuatro nobles verdades: primera el ser humano sufre; segunda el sufrimiento tiene una causa, el ego, sus apegos y la ignorancia del ego; tercera es posible extinguir las causas del sufrimiento y salir de la rueda de mundo condicionado o samsara hacia la iluminación o nirvana; y cuarta hay una vía para extinguir el sufrimiento y liberar a la mente de los condicionamientos, el sendero óctuple.

 

  Toda persona desea lo mejor para sí, hay una especie de constante inconformidad con lo que tenemos y vivimos, anhelamos desde lo más hondo una unicidad, un retorno al paraíso, un pleroma exento de sufrimiento. Desde niños la curiosidad nos lleva a traspasar límites, a desobedecer sin desfallecer. El hombre no está limitado por la vida instintiva sino que desde adentro desea conocer el “más allá”. Y sobre todo es consciente del sufrimiento, de la muerte y no cesa de buscar la plenitud. Podemos afirmar con seguridad que el hombre busca eternidad. Esa búsqueda lo hace propiamente humano y lo distingue del animal quien vive conforme a la naturaleza. El hombre experimenta en sí mismo todas las vicisitudes propias de la naturaleza, pero también busca algo “sobrenatural”. En palabras del Dr. Vethencourt (2009, p. 279):

      “La obsesión del alma es no morir. De allí su preocupación y ocupación con la muerte. No porque la ame, o sea, no es macabra, sino porque la teme, la rechaza. El alma se ocupa de la muerte porque su negocio esencial es la vida, no morir. Ella, como ente individual, hereda de la naturaleza impersonal, su voluntad de vida, su deseo de una vida eterna”.

    Evitaremos una indagación metafísica y preferimos la ruta de la fenomenología de la espiritualidad cotidiana que acontece en los consultorios: el deseo de algo que nos lleve al “más allá”. Desde el mismo instante que alguien busca ayuda, ya está buscando ese “algo más”. Y si no está conforme con la ayuda recibida seguirá indagando, buscando otras opciones, otros enfoques, consultará a un brujo, irá a darse un masaje, experimentará con las diversas religiones o cambiará de terapeuta. Nuestros pacientes anhelan un más allá, intuyen y desean el no sufrimiento, salir de la inmanencia de lo pasajero y corruptible hacia lo trascendente y eterno, aunque muchas veces no están conscientes de que en la satisfacción a través de lo material también anhelan la eternidad. Buscan, buscan y no encuentran, pero desde adentro algo los lleva a practicar ritos mágicos de manera explícita o rituales obsesivos, es decir intuyen la existencia de lo invisible y quieren unirse a ella, manipularla o adorarla, tal es la función del rito, llevar la realidad anímica hacia ese “más allá”. Todos experimentamos la certeza muy subjetiva de entrar en comunión con una fuerza superior. Lamentablemente la modernidad lleva a la adoración trascendente de la sexualidad, de los objetos físicos, de la fama y el dinero. Los rituales modernos y el sacerdocio como conducta profana se practican ahora en los templos urbanos que son los centros comerciales, los gimnasios o los centros nocturnos. A guisa de ejemplo, un hombre es capaz de derrochar una fortuna millonaria en un Bingo o con una stripper, sólo por vivir unos minutos de éxtasis y exaltación. No sólo podemos interpretar esto como defensa maníaca o control fálico, ciertamente lo es pero no lo podemos reducir exclusivamente a lo psicopatológico. Más allá de la psicodinamia y en la hondura de lo subjetivo también está la necesidad del rito que lleva a la trascendencia aunque su búsqueda sea inmadura, infantil o totalmente errada. Y no sólo los pacientes viven estas cosas, los psicoanalistas también, al punto de convertir el encuadre analítico en un ritual religioso y en un sacerdocio moral psicologicista.


 

 

 

En las espiritualidades animistas como la santería, el palo congo, el espiritismo y el chamanismo, el santo, el muerto o el nahuatl es el mediador o psicopompo para ese otro mundo no fáctico pero indiscutible y necesario.

   

   Toda religión tiene una práctica ritual. Y aunque el budismo no es una verdadera religión da cuenta de la necesidad del hombre de  conectar, llevar hacia, introducir al practicante en un mundo no visible donde de algún modo aguarda una eternidad. En el espiritismo o en el culto a los muertos el practicante es introducido ritualmente a una triple familia: la familia de los demás practicantes, la familia de los muertos que obran la magia o que los cuidan o que realizan la venganza y la familia de las entidades espirituales o cósmicas, como el espíritu de las aguas, del trueno o de la luz. Las religiones proponen unas cosmovisiones no sólo del origen del mundo o de los fenómenos sino de lo que está más allá de la muerte. El mismo ateísmo marxista también tiene una propuesta de eternidad y trascendencia enfocada en el bienestar social y en el sacrificio del individuo por el bien colectivo. Pero aún los totalmente ateos, no dejan de tener una escala de valores, un discernimiento del bien y el mal y un deseo de algo mejor. Ni siquiera Nietzche abiertamente nihilista pudo contener el flujo dionisíaco que lo poseyó desde lo mas profundo del psiquismo. Y en las meditaciones budistas e hinduistas se busca abandonar los apegos del ego de manera de liberar la mente hacia un más allá profundo e indescriptible. En el budismo Zen se trata de alcanzar la no mente; el budismo tibetano habla de la mente muy sutil.

 

IV.  La espiritualidad en la práctica clínica

 

    Y aunque todo esto luzca un tanto “espiritualista”, no es menos cierto que también se presenta con la misma fuerza pero no necesariamente con lenguaje “espiritual”. Son innumerables los casos que van a la consulta psicoterapéutica por dramas y sufrimientos amorosos basados en idealizaciones fuertemente cargadas de fantasías, esperando de ese “amor” vivir el más allá, experimentar la comunión y la fusión perfecta con la otredad. A la actividad sexual se le pide un misticismo que no puede brindar y la tecnología luce como el sustituto de las oraciones, los amuletos, las devociones y las protecciones.

El hombre ansía el movimiento y el movimiento es vida. La parálisis es muerte y el suicida que mata su existencia tiene la esperanza de un más allá donde obtendrá redención. Desconozco al menos en mi práctica clínica y en mi experiencia de vida el suicida totalmente racional y sin ningún rastro de deseo de eternidad y trascendencia. Este planteamiento luce estrictamente teórico y abstracto.

 

 

 

 

El cristianismo por su parte propone el reino de Dios a través de la relación con una persona que vivió en un tiempo histórico concreto: Jesús de Nazaret. El cristianismo va al centro del ansia de lo más hondo de la subjetividad y que dentro de la acá planteado da una respuesta clara: el hombre necesita la comunión amorosa, ser aceptado, querido, amado, ser para otro y ser para Otro, formar parte de la familia humana y de la familia cósmica y trascendente. En lo más profundo de la subjetividad del hombre palpita el deseo de la re-unión amoroso, la re-ligación de algo que internamente se vive perdido.

 

 

 

     En otras palabras, la trascendencia es una necesidad vital propiamente humana que surge desde lo más recóndito de la subjetividad. Todo ser humano ansía el nirvana, salir del sufrimiento, algo lo impulsa hacia este anhelo, busca a Dios o busca la eternidad. Dios es quien unifica desde su acontecer, Dios da sentido; la vivencia de la trascendencia, de ir más allá del ego y de la persona relativiza los inmediatismos egoicos que son quienes gustan de escindir y separar. Para Morin (1999, p. 9) el “gran paradigma de Occidente” se caracteriza precisamente por separar, fragmentar, disociar el sujeto del objeto, el alma del cuerpo, el espíritu de la materia, la calidad de la cantidad, la finalidad de la causalidad, el sentimiento de la razón, la libertad del determinismo, la existencia de la esencia. Entonces la causa última de que el hombre caiga en el error, la falsedad y la ilusión sería precisamente en el error o errores en el paradigma mental y socio-cultural. En palabras del Dr. Vethencourt, la ciencia no puede seguir cayendo en la trampa de la ignorancia audaz de cerrarle camino a la propia realización del hombre en todas sus facetas y áreas ni en la tentación de desligarse de la ética. El siglo XX ya dio bastantes evidencias de esta disociación que hasta el momento tiene en jaque la convivencia pacífica y planetaria del hombre.

 

 

La trascendencia es una necesidad genuina del hombre, tan vital como el agua, la alimentación y el vestido. Y ella ocurre en la persona tan fenoménicamente como las demás necesidades. Si hablamos de fenómenos nos referimos a lo que sencillamente ocurre como experiencia psíquica subjetiva, la verdad psicológica, la vivencia certera de las imágenes, emociones, fantasías y pensamientos. La metodología científica clásica se encuentra limitada para describir la fenomenología psicológica de la subjetividad, afortunadamente no tanto para el psicoanálisis y mucho menos para las artes y por supuesto para la espiritualidad. En el plano existencial surge esta apertura hacia la trascendencia, en el triple juego de libertad-creatividad-subjetividad. El plano existencial se abre a la novedad, como intuición subjetiva universal,  a la certeza de que la experiencia actual puede ser diferente, que desde la individualidad más subjetiva se puede hacer algo distinto.

 

V.  La consciencia y el corazón

     

 El punto de unión entre lo psicológico y lo existencial es la actitud, en tanto que ella es influida por la memoria y los aprendizajes pero al mismo tiempo está abierta a la consciencia, a la voluntad y a la creatividad. Los complejos nos poseen, no los podemos cambiar, las actitudes sí se pueden cambiar y desde ellas abrir el torrente de la reflexión creadora. La consciencia como facultad contemplativa, la que permite la reflexión, la que puede hacer que el sujeto se haga una pregunta sobre sí, la que interviene en el paso de la psicoterapia al análisis, se diferencia de aquella otra consciencia como mera capacidad cognitiva, racional o razonadora. No podemos negar que en lo más íntimo del hombre hay una consciencia sutil capaz mostrarnos a nosotros mismos tal y como somos, es un espejo totalmente veraz, que distingue nítidamente entre el bien y el mal, la verdad y la mentira. El cristianismo filosófico lo llama consciencia contemplativa, el budismo la mente muy sutil o mente de diamante, el budismo Zen lo llama “hishiryo”, más allá de la mente o la no mente. Esta consciencia discierne sin necesidad de aprendizaje aunque podemos habituarnos a no escucharla. No es posible describir la vivencia de esta consciencia en términos científicos, debemos acudir a las metáforas, al rico lenguaje de la poesía y del mito. Míticamente la mejor expresión para describir esta consciencia es llamándola “corazón”. Y la palabra es no sólo afortunada sino universal. Esta consciencia no está en el cerebro ni en la cabeza, sino en el palpitar de la vida, en íntima relación con el amor y el dolor, en la corazonada de lo no razonable.

   El corazón está hecho a “imagen y semejanza” del Dios Creador, es el corazón de la “poiesis”, del milagro de lo inédito, de lo que ocurre sin que sepamos de dónde ni cómo pero con la total certeza de su carácter numinoso y verdadero. Dios acontece en el milagro de la diacronía o la historia de lo que aparece inevitable, la sensación de sentirse desgraciado, condenado, maldecido, repitiendo conpulsivamente las misma historias, las misma relaciones, el mismo patrón de conducta, y simultáneamente Dios es el Kayrós de la sincronía del aquí y ahora que acontece como oportunidad y novedad cargada de significado, de milagro y esperanza de un rumbo totalmente distinto, de luz transformadora. Esto no se experimenta racionalmente, sino cordialmente, se experimenta en el corazón del hombre.

 

 Podemos suponer que la personalidad humana comprende dos cosas: primero, la conciencia y todo cuanto ésta abarca, y segundo, el amplio fondo indeterminablemente grande que constituye la psique inconsciente.

El corazón es la consciencia que Jung cuidó como un tesoro desde su adolescencia hasta la muerte (el sueño de la luz en la tormenta de su adolescencia). Repito, consciencia entendida como corazón y no como mente ni como cerebro.

    Lo más objetivo para el hombre es su propia subjetividad, desde ella concibe y organiza el mundo más allá de la razón. El corazón es el centro de la subjetividad y lugar de encuentro con la total objetividad. Cuando logramos avanzar dentro de lo más propio, hondo y subjetivo, cuando meditamos en lo más íntimo del hombre, meditación que puede iniciarse en psicoterapia y profundizarse en el análisis, meditación guiada o iniciada por el encuentro transferencial-contratransferencial, que no se agota allí, y que luego necesita avanzar en la soledad, entonces ocurrirá el milagro del encuentro, el “kayrós” sincrónico del simplemente ocurrir, el encuentro con lo Real, con la verdad, con el gozo y con la libertad, estas cuatro son indisolubles y ellas representan la verdadera experiencia sanadora y la sanación que lleva al encuentro amerita intimidad, valentía para entrar en el sagrario de lo incomunicable y totalmente real. Esta vivencia no es psicológica y se encuentra más allá de toda limitación o condicionamiento psico-social.

Pero también el Dr. Vethencourt advierte que es en el plano existencial donde se dan los grandes sufrimientos, las grandes melancolías. El sufrimiento celular no tiene el impacto en el hombre como la ausencia del sentido vital, una tiroiditis o el asma bronquial o la diabetes no se equiparan a la vivencia interna de ruptura en los vaivenes del amor, una epilepsia no llega a generar tanto sufrimiento como la sensación de injusticia, que incluso puede llevar al que sufre a cometer homicidio o suicidio. Los grandes males, los grandes sufrimientos individuales y sociales no se originan ni siquiera en una leucemia o en una parálisis cerebral o en una demencia crónicamente deteriorante.

 

 El hombre ávido de adorar, de reflejarse en una verdad absoluta y trascendente, pero limitado y condicionado por una cultura plagada de errores e ilusiones, de cegueras paradigmáticas, puede terminar adorando a ídolos llenos de muerte y corrupción en quienes sacrifica su libertad y con ella su existencia.

 

  Y ojalá estos ídolos fueran los santos de los santeros o los espíritus de los espiritistas o los muertos de los paleros, en alguna manera estos conducen hacia algún sentido de trascendencia. Los ídolos llenos de muerte, sufrimiento, soledad y cargados de verdadera maldad se refugian y disfrazan en nuestras propias mentes, en nuestras propias ideas alejadas de la verdad aunque altamente cargadas libidinalmente y conducen hacia el laberinto del sinsentido. Hasta ahora, la intuición muy antigua del pueblo judío sigue siendo cierta, el peor pecado y la peor caída del hombre contra sí mismo es la idolatría.

El corazón puede generar actitudes totalmente novedosas, que reorganizan y transforman las vivencias subjetivas más desvastadoras. Es por ello que desde el plano existencial, desde la consciencia contemplativa no existe el trauma ni la limitación sino la posibilidad de lo nuevo y eterno. La psique busca abrirse paso hacia un símbolo trascendente y el trabajo sobre los síntomas y los complejos son el inicio de esa transformación. La vocación del hombre es la comunión, el encuentro con el hermano, con la familia humana, la reconciliación con el cosmos y con Dios, con lo verdaderamente Real y totalmente Otro. Cuando el corazón experimenta libertad, es que está en la verdad, se ha introducido en la Realidad, todo lo cual genera gozo.

   Y desde la psicoterapia la emergencia del “corazón” no es algo de lo cual se habla, sino más bien ocurre. Cuando la actitud del psicoterapeuta es de aceptación y apertura hacia el paciente, cuando el terapeuta es capaz de ser íntimo consigo mismo, cuando en el encuentro regular psicoterapéutico se va gestando algo “especial” entre paciente y terapeuta, una intimidad donde cada uno posee su propio espacio psíquico de libertad y comunión, entonces se abre la posibilidad de que Dios se deje sentir, no como hecho físico taumatúrgico o milagrero sino como experiencia subjetiva que logra dar sentido al sufrimiento.

  Quien guía y suscita los cambios verdaderamente sanadores es lo numinoso, lo sutil. La sincronicidad es un pequeño milagro, cotidiano, casi imperceptible donde Dios permanece anónimo. Dios sólo acontece, busca encontrarse con nosotros para guiarnos a lo nuevo, al mundo de la no-neurosis. Y accedemos a ese mundo desde la intimidad. Desde la intimidad surge una nueva actitud ante la vida y ante los problemas cotidiano.

 Para atravesar los puentes sobre aguas turbulentas y transformar las heridas de rupturas y reparaciones, tema de este Congreso de Psicoterapia, invoco al Dios del amor y la unidad, el único que puede sanar las heridas del alma, iluminar los ojos cegados por los complejos y hacernos levantar de la parálisis de la neurosis y el sufrimiento.

  Espero haber sembrado en ustedes la motivación a tomar en serio al hombre en su totalidad, ahondar en la fenomenología de lo que ocurre en la psique y en lo trans-egoico y trans-psíquico. Dios nos regaló el corazón para que el hombre pudiese contemplar el amor.  El mandamiento ciertamente es amarse unos a otros como Dios nos amó.

 Este mandamiento fue traducido psicoterapéuticamente por J. L. Moreno, pilar de la psicoterapia moderna, en estas palabras: El mandamiento es SE CREADOR. Amor es creatividad así que los invito a ser creadores y dejarse guiar por la luz del corazón, la única que no se apaga en las penumbras y tinieblas del poder y el  sufrimiento mental

 

 

                                                                Muchas gracias.

 

 

 

Luis Caldera Tosta

Psicólogo Clínico / Analista Junguiano

Psicodramatista

Conferencia dictada en Caracas, el 25 de septiembre de 2013

en el VIII Congreso de Psicoterapia de la Asociación Venezolana de Psicoterapia (AVEPSI)

 

 

Bibliografía

 

Morin, Edgar (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Paris: Unesco.

Vethencourt, José Luis (1977). Lo Psicológico y la Enfermedad. Caracas: Edición personal del Autor de una ponencia presentada en el Ier Congreso Venezolano de Medicina Interna en el año 1973.

Vethencourt, José Luis (2009). Edición especial de la Revista Heterotopía, Tejiendo el Pensamiento desde el Otro Lugar. Caracas, Enero-Diciembre 2009. Año XIV, No. 41, 42, 43. Centro de Investigaciones Populares.

 

 

 

 

 

 

 

 

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