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 Son los hombres de Marte

¿Arquetipo o estereotipo?

 

 


 Trudy Ostfeld de Bendayán

 

¿No han escuchado hablar de Tamara, la ciudad de los signos? En la obra “Las ciudades invisibles”, Italo Calvino la imagina como un lugar en el que todo queda señalado a través de signos que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuela, el jarro la taberna, la balanza el herborista. Así mismo, las mercancías que exhiben los comerciantes no valen por si mismas sino como signos de otras cosas: la banda bordada quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, etc. Todo está ya escrito en Tamara: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir el discurso, olvidando que todo aquello que a diario vemos, tocamos o nos contactamos tiene más que una significación pragmática. Lo mismo sucede con respecto a los géneros. Pues, si bien las diferencias biológicas (genitales, hormonales, cromosómicas) y de identidad (femenina y masculina) son algo dado, el género en cambio es un constructo social y cultural. Así, todo lo relativo a los géneros quedaría definido en función de las expectativas y normas colectivas. Sin embargo, los constructos, sinónimos de finitud y cierre, acaban siempre por delimitar las funciones expresivas o instrumentales de la diversidad de géneros. En consecuencia, el género se convierte en estereotipo. Y, en el estrecho universo de los estereotipos[1], como el de Tamara, rige la lógica de las oposiciones excluyentes basada en la falacia de que a la existencia de dos sexos le corresponde dos géneros. De esta manera, el sexo pasa a ser el marcador de identidad predominante. El peligro de tal postura es que la existencia regida por una visión monoteísta o estereotipada interpreta totalizadoramente. Cualquier desviación de los cánones culturales es juzgada a modo de aberración o trastorno junto, con los concomitantes sentimientos de inadecuación, de fracaso y de alienación. Toda visión de índole monoteísta –esencialista, positivista o normativa[2]- busca aniquilar la alteridad. Como sistema único generador de oposiciones binarias jerarquizantes arremete contra la multiplicidad, contra el perspectivismo y la diversidad. Se comporta frente al otro que cataloga de “diferente”, de manera persecutoria, represiva, segregacionista y hasta criminal.                                                    

Por ello estimo una aproximación más generosa al estudio del género la ofrecida por la psicología analítica en función de los arquetipos pues ni estandariza, ni busca ideales, ni pretende ofrecer conceptos inamovibles, ni define la masculinidad como la no-feminidad haciendo de lo femenino lo otro no esencial. Asimismo, evita la patologización. Pues los arquetipos no son patológicos per se, más bien son “expresiones absolutamente saludables de la naturaleza, y sólo contribuyen a la patología cuando un entorno malsano los hace integrarse en complejos patológicos” (Stevens, 1994, p. 47). Los arquetipos son elementos universales, eternos y heredados, que se manifiestan a través de imágenes simbólicas y representan los eventos primigenios que dieron forma a la humanidad.  Los arquetipos son a la psique lo que los instintos a la biología. Cada contenido arquetipal posee su contraparte en alguna forma instintiva o, dicho de otra manera, el arquetipo es el ropaje con que se viste el instinto. La multiplicidad de imágenes arquetipales nos permiten evidenciar la fenomenología de las variadas manifestaciones de la masculinidad. Procuraré describir algunas de las imágenes predominantes en la cultura contemporánea a fin de mostrar la imposibilidad de referirnos a un género masculino a modo de arche - principio primigenio o esencia última- sino, más bien, se nos hará evidente la existencia de un caleidoscopio de géneros. Para ello, recurriré a sus personificaciones más conocidas provenientes de la mitología. Pues, “la mitología es el libro de texto de los arquetipos” (Jung, SNZ I:24). Y en particular de la mitología griega por el hecho de que Grecia ejerció sobre el Occidente una aculturación póstuma. Las imágenes arquetipales masculinas pueden hacer su aparición no sólo en la psique del hombre, sino también pueden presentarse como ánimus o elemento contra-sexual en la psique femenina, además, por su carácter transgresivo podemos percibir su efecto en la cultura. La activación temporal de determinados arquetipos a nivel colectivo nos puede ofrecer un diagnóstico y pronóstico acerca del bienestar o malestar de una cultura o de una era en general. Traeré a escena a algunos dioses (personificaciones de arquetipos), pues sus historias representan recursos para la comprensión de situaciones de la psique humana. Pues, desde la perspectiva junguiana, nosotros no estaríamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, más bien, los dioses surgen como proyecciones de la psique humana. En esta oportunidad he escogido sólo cuatro expresiones imaginales que nos permitirán identificar, clarificar y organizar patrones de diversas expresiones masculinas entre las que cabe destacar las personificadas por Hermes, Apolo, Dioniso y, por supuesto, la del popularizado Ares o Marte a quien se ha identificado erróneamente como el espíritu masculino por excelencia. 

Antes de adentrarme en el tema, deseo hacer una acotación que nos salvaguardará de convertir los arquetipos en estereotipos: basados en la premisa de que la psique es politeísta mal haría en hablar de una manifestación arquetipal “químicamente pura”, los he asilado sólo para fines didácticos. Sin embargo, las observaciones empíricas ponen de manifiesto la presencia dominante de algún arquetipo que define mayormente la manera de estar-en-el-mundo del individuo. También habrá que tener en cuenta de que como símbolos que son, siempre serán algo vivo e inagotable. 

 

HERMES-MERCURIO

 

 

Hermes (mitología griega) o Mercurio (en la mitología romana), era designado como el mensajero de los dioses y el guía de las almas. Entre los atributos de una conciencia hermética o mercurial cabe mencionar el don de la elocuencia, la astucia, la versatilidad, la sagacidad, la inconstancia, la picardía,

la imaginación y la rápida inteligencia. Un espíritu hermético vislumbra con prontitud las posibilidades invisibles e inauditas y, por ende, posee un inusitado olfato para las oportunidades. Su poder de inventiva queda perfectamente ejemplificado en un mitologema que refiere que siendo aún un bebé, Hermes mató a una tortuga y con el caparazón construyó una lira y se puso a cantar. Ese mismo poder, aunado a sus dotes de comunicador, le confiere una capacidad sobresaliente para la tecnología. Romper límites (morales y racionales) y reglas con extrema facilidad es parte de su esencia. Una cualidad que lo libera de juicios y prejuicios. Fue la carcajada de Hermes la que se escuchó cuando todos los dioses sorprendieron en la cama a la adúltera Afrodita con su amante Ares. Con gran desparpajo, mientras los otros dioses se sintieron apenados por Hefesto –el esposo ofendido- ante la escena, Hermes manifestó en alta voz su deseo de estar en el lugar de Ares, yaciendo junto a la hermosa diosa del amor. Además, añadió, no tendría ninguna objeción en tener relaciones sexuales en presencia de todas las divinidades olímpicas. Esta fantasía de Hermes pone en manifiesto una sexualidad desprejuiciada. A la vez, gracias a su astucia, Hermes difícilmente se hubiese dejado atrapar por la red –ni por nadie- como lo sucedido con Ares. Además, como dios de las encrucijadas no sólo tiene la capacidad de tomar rápidas decisiones sino, también, tiene la habilidad de escabullirse de cualquier aprieto. Sin embargo, su a-moralidad se hace extensiva a otros ámbitos: si bien Hermes siempre fue un mensajero, a la vez, siempre fue uno indiscriminado, nos recuerda el arquetipalista James Hillman. Realmente llevaba los mensajes sin involucrarse con su contenido. Él nunca mostró tener opiniones, ni valores; no hacía comentarios editoriales, ni tampoco censuraba nada. Su tarea era sólo la de hacer posible la comunicación y ésta no tiene límites.

 

 Por otra parte, genera cambios constantes de perspectivas y, por ende, nunca se alcanza con una conciencia hermética un punto final. Siempre propondrá un nuevo ángulo a considerar. Además, como gusta de moverse en espacios liminales (fronterizos), su energía puede extender las fronteras psicológicas hacia lugares misteriosos o extraños: a lugares allende la vida cotidiana. En su calidad de guía de almas y conocedor de todas las esferas terrenales, celestiales y el inframundo (inconsciente), la conciencia hermética tiene cualidades para desenvolverse como excelente psicoterapeuta. Como dios del lenguaje, posee los atributos del hermeneuta, es decir, puede ejercer a cabalidad el arte de explicar, traducir o interpretar todo aquello traído por el inconsciente. Por sus habilidades transformadoras se le consideró el patrón de la alquimia. Todo está en constante transformación bajo la égida de Hermes. Por todas sus cualidades - hermeneuta, transformador, conector y conductor - se le estima como el más psicológico de todos los dioses o arquetipos. Como dios del comercio, también hallamos a los mercurianos formando parte del mundo de los negocios, particularmente de aquellos ajenos a una “larga tradición familiar”. La bolsa, las inversiones a corto plazo, la compra-venta, serían modos idóneos de intercambio comercial. Su carácter diplomático y persuasivo hace que se gane la confianza inmediata de la gente. Por algo, resultaba ser el más amistoso de los dioses. Como dios de la elocuencia y gracias a su excelsa capacidad de hacer todo tipo de conexiones, el espíritu hermético tiene madera para la arena política, mediática y para desenvolverse en una carrera diplomática. Sin embargo, como todo arquetipo, Hermes también se presenta de forma polar. Así, en su aspecto sombrío, Hermes era además el protector de los ladrones. Al fin y al cabo, la literatura mítica sitúa a este dios tras el robo. Cuenta el himno homérico que apenas nacido, Hermes robó cincuenta vacas del ganado de su hermano Apolo. A nivel psicológico indica que la conciencia hermética gusta de robar, entre otras cosas, ideas  -particularmente de las personas más cercanas a su círculo-. Cabe destacar que la sombra de la masculinidad hermética es el embaucador, el mentiroso, el impulsivo y manipulador. Es el “trickster” o tramposo, el jugador compulsivo o el estafador. En ese aspecto, Hillman nos alerta del efecto que tiene la cultura postmoderna en la cual la conciencia hermética se halla hipertrofiada. Señala que otra área regida por Hermes es el mercado de las acciones: los fondos mutuales, las especulaciones con el mercado cambiario y con el juego a futuro. Actualmente los mercados mundiales están conectados instantáneamente, lo cual permite movilizaciones de grandes sumas de dinero de un lugar a otro, de una moneda a otra, de un mercado a otro. Lo que en el pasado era una inversión a largo plazo (espíritu saturnino) ha sido hoy en día desplazado por un rápido movimiento hermético. El mercado se ha convertido hoy en un juego guiado por Hermes. Estos enormes movimientos de dinero conllevan, a la vez, la sombra de descomunales estafas y robos, de lavados de dinero y de grandes decepciones. Hermes seduce al poner el mundo a nuestro alcance, por ello resulta fácil que nos dejemos intoxicar por esta ambigua deidad. Pero no hay que olvidar de que si bien Hermes es un dios que nos facilita encontrar cosas también es quien nos las quita. Fue este lado oscuro de Hermes el generador de la reciente debacle de la bolsa. Además, es Hermes quien inspira a los hackers a entrar a los secretos corporativos, a los registros policiales y gubernamentales, a los laboratorios científicos a nuestras cuentas bancarias a fin de robar información y nuestro dinero. En nuestra cultura, el aspecto tramposo de Hermes aparece bajo la personificación del “Tío Conejo”: aquel personaje folclórico que siempre busca jugar al vivo de la partida.

  

HERMES COMO PAREJA

Como dios de los caminos, los espíritus herméticos se hallan en movimiento permanente: gustan de cruzar de continuo las fronteras. Por ello se le convierte en imperativo el viajar ligero de cargas (léase compromisos). Si bien puede seducir con su verbo y su capacidad persuasiva, Hermes no es una masculinidad que anhela anclajes. Vivenciaría a modo de castración el tener que renunciar a sus sandalias aladas para calzarse una cómodas pantuflas. Por ello, el arquetipo personificado por Hermes-Mercurio huye del matrimonio, de los hijos, del trabajo rutinario o de todo aquello que le sea inherente la permanencia, la cotidianeidad o la rutina. Entrar rápido y salir rápido es su lema –ya sea de relaciones, lugares o ideas. Posee un carácter extremadamente fálico y en sus primeras figuraciones se le representaba con una herma o pilar de piedra –su nombre deriva del mismo- en la que aparecía la cabeza del dios y un enorme falo erecto (Hermes itifálico). Indicando con ello que Hermes consteliza la energía erótica o libidinosa. En su historial mitológico ha estado ligado a muchas diosas y mortales pero no ha hecho pareja estable con ninguna. Cada mujer es para la conciencia hermética un nuevo país a visitar y a Hermes le gusta recorrer cada rincón de la tierra. La posesividad o dependencia de una pareja azuzan al mercuriano. El único enlace que podría funcionar es si llegase a unirse con un otro significativo de carácter independiente.

 

                APOLO

Así como Apolo era el hijo preferido de su padre Zeus, también ha sido el hijo preferido y el modelo a seguir en la cultura occidental. “Yo soy el ojo mediante el cual el Universo se observa a sí mismo y se sabe divino”, son las líneas inaugurales del Himno a Apolo que le dedica el poeta P. Shelley. La conciencia apolínea, aboga por la razón, la nobleza, la palabra, el orden, la moderación, la claridad, la lógica, la belleza, la armonía y la gloria. Atributos exaltados en la Modernidad. Apolo confiere estructura y forma al caos. Fiel defensor de las normas y leyes, se adhiere inexorablemente a la eticidad de las costumbres (precedentes) y a los principios colectivos. Como divinidad ética exige de la participación de la mesura a fin de ser traducida en auto-conocimiento. “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso” son las máximas legadas por Apolo a la humanidad. Por ello, Apolo es el arquetipo más cercano a la conciencia patriarcal: da forma a las sociedades y leyes. Patrón de las ciencias exactas (astronomía, matemática), simboliza el triunfo de la luz y la cultura sobre las tinieblas y la barbarie. Como dios solar, anhela el brillo (prestigio) en todo lo que emprende. La masculinidad apolínea muestra un marcado carácter competitivo: busca destacarse en los estudios, en los grupos de pares, en los deportes, con la pareja o en el trabajo. De joven sueña con poder ingresar en las mejores universidades y liderizar ya sea las empresas más de avanzada o lograr notables progresos en el campo de la ciencias. Sus habilidades están relacionadas particularmente con el intelecto y la voluntad. Hermes y Apolo tienen cadencias diferentes. Sus ritmos disímiles quedan perfectamente ilustrados en palabras de Humberto Eco (

Turning Back the Clock) cuando señala: “la tecnología (ámbito de Hermes) nos entrega todo instantáneamente, en cambio la ciencia (ámbito de Apolo) procede con lentitud”. El espíritu apolíneo hace de la mente su hogar y el cuerpo pasa a ser el locus de su exilio. Apolo debió ser la divinidad que inspiró el conocido planteamiento filosófico de Descartes: “Pienso, luego existo”. En consecuencia, lo más ajeno a este arquetipo es la emocionalidad y sensualidad a pesar de que pueda tener relaciones sexuales con frecuencia.

 La prudencia es una de las virtudes más estimadas por la conciencia apolínea. En razón de ello, a diferencia de la dionisíaca, no le gusta implicarse directamente en situaciones imprecisas y prefiere moverse ya sea a la distancia (literal o metafórica) o sobre la superficie de la vida. La mitología lo presenta como un arquero y, tal como sus certeras flechas, su modo de acción es el pathos de la distancia. Asimismo, la masculinidad apolínea lanza su mirada hacia el futuro y trabaja a favor de la exitosa consecución de metas. Para ello, evita todo aquello que pueda obstaculizar su camino, particularmente los enredos amorosos.

 Apolo era estimado como un dios oracular después de haber despojado el oráculo de Delfos de su origen matriarcal. La esencia apolínea muestra rasgos marcadamente misóginos. Es Apolo quien declara en la Medea de Eurípides: “Los hombres deberían engendrar hijos de alguna otra manera y no tendría que existir la raza femenina: así no habría mal alguno para los hombres”.[3] Sin embargo, por ser tan ajeno a los elementos femeninos inherentes a su propia naturaleza, cuando los mismos son proyectados sobre las mujeres, particularmente las del tipo Afrodita, éstas pueden conducir seductoramente a nuestro comedido hombre apolíneo al abismo. Son testimonios de ello, por ejemplo el Profesor Rath, protagonista de la novela El ángel azul de Henrich Mann quien pasa de ser un respetado y circunspecto maestro a ser un individuo despreciable y despreciado por efecto del embrujo de la cabaretera Lola-Lola. Otro ejemplo es en el filme Damage, el cual nos muestra como un ilustre miembro del Parlamento inglés -interpretado por Jeremy Irons-, orgulloso de tener su vida en total control, es destruido –junto a su familia- por la nefasta seducción ejercida por otra feminidad afrodítica.

 Cabe señalar que bajo el epíteto de Apolo “Musageta”, el resplandeciente dios era patrón de la música y la poesía. La armonía pitagórica que une la matemática con la música se constituye en fiel expresión de esta deidad. Apolo, asimismo, está en estrecha relación con las Musas dirigiéndolas en su coro. La masculinidad apolínea se siente atraída por el arte y la estética. No obstante, una conciencia estética exaltada en demasía puede alejar esta expresión de masculinidad aún más de los asuntos “humanos, demasiado humanos”. Como padre de Asclepios (mitología griega) o Esculapio (mitología romana) Apolo también está relacionado con la medicina por lo que podemos encontrarlo encarnado en numerosos galenos.

 En su aspecto sombrío, el espíritu apolíneo es implacable con los que estima sus competidores y puede llegar a actos o conductas signadas por la crueldad. Cuando se activa su faz oscura, puede lanzar flechas envenenadas contra aquellos que estime que lo hayan ofendido, denigrado o rechazado. Bajo el epíteto de “Esminteo”, Apolo se le consideraba el defensor de las ratas y de los ratones. Su efecto maligno, por ello, puede resultar tan devastador como la peste. También cabe señalar que bajo la sombra de Apolo, se planificó y se llevó a efecto el Holocausto, la matanza sistemáticamente organizada de más de once millones de personas, auspiciada por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. La terrible ideología promovida por Hitler que contemplaba la preeminencia de la raza aria o apolínea superior, condujo al genocidio a los estimados como razas inferiores.

 

   LAS RELACIONES DE APOLO

Divorciado del cuerpo y de sus pasiones, la conciencia apolínea es torpe en el plano de los afectos como lo atestigua su encuentro con la mítica Dafne, la ninfa que prefirió convertirse en un árbol de laurel antes de dejarse poseer por la radiante deidad. Son varias las peripecias amorosas fallidas de este dios: en sus mitologemas encontramos unas cuantas jóvenes que huyen de su acoso. En la práctica podemos observar que la masculinidad apolínea suele relacionarse con mujeres independientes que no demanden de la expresión de una emocionalidad que le resulta difícil de contactar. También con féminas defensoras, como lo es él, del status quo. El espíritu apolíneo no suele destacarse por sus cualidades amatorias aunque pueda “tragarse” numerosos manuales de técnicas sexuales. Su pasión no parece apuntar al área del romance y, por ende, la intimidad le resulta incómoda. Como pareja, de seguro cumplirá a cabalidad con sus obligaciones y brindará a la relación estabilidad y seguridad. Los hombres apolíneos suelen tener relaciones duraderas, pero si su pareja se desenvuelve en su misma área de acción, la competencia será un factor de peso en la relación. A pesar de que a la hora de escoger al otro significativo lo hará desde la racionalidad, es frecuente observar la emergencia de una súbita atracción por espíritus fuertemente apasionados o de naturaleza intuitiva (“Whatever Works”, de Woody Allen).

 

DIONISOS

Dionisos es el cuerpo de la psique y representa todo lo físico, emocional y sensual. Por ello, se le suele presentar en yuxtaposición con o como antítesis de su hermano Apolo (antítesis exaltada por el escritor Kazanzakis en su obra Zorba el Griego). A diferencia de Apolo, la conciencia dionisíaca no se explica sino que se implica directamente en la experiencia sensorial. No obstante, Dionisos es lo más cercano también a la natura no a la cultura. Es el “buen salvaje” de Rousseau aunque no resulte tan positivo como lo vislumbró el pensador ginebrino. “El hombre en su condición ‘natural’ no sería muy diferente de un animal viviendo de la instintividad pura y la ingenua inconsciencia no perturbada por sentimientos de culpa”, sugiere Jung (CW  13, pár. 244). En la esencia más depurada de los dionisíaco no tiene cabida la distinción entre bien y mal pues, contiene dentro de sí todas las posibilidades en un estado de total indiferenciación. La extrañeza inherente a su naturaleza perturba a la polis (al “establisment”) por lo que en la Grecia clásica fue considerado un extranjero y, por ende, despreciado. Dionisos mismo rechaza todo aquello relacionado con la vida de la ciudad, de la cultura, de la academia, de las normas, de las leyes, de la moral.

 

El arquetipo personificado por Dionisos resulta de una ambivalencia extrema y, por ello, en “Las Bacantes” se le señala como “Él-ella” aludiendo a una andrógina o ambigüedad inherente. También se le asignaron epítetos como “Dyalos” y el “Híbrido”. Sus rasgos femeninos en unión con su naturaleza fálica generan un cuerpo ambiguo que escapa a la posibilidad de encarnación de género es lo que enciende la pasión. Despierta la atracción de la trasgresión enraizada en un cuerpo vulnerable, ambiguo y misteriosamente encarnado. Sin embargo, su ambigüedad se extiende más allá de la biología al área socio-cultural: lo dionisíaco puede estar activado tanto en la conciencia más mística como en la más demente o en la más criminal. En su esencia está el atentar contra todo aquello considerado como el status quo y, por ende, es una personalidad que se encuentra en conflicto permanente ya sea dentro de su mismidad o con la sociedad (naturaleza agónica). Particularmente, si se ve forzado a cumplir con exigencias apolíneas de trabajo, estudios, familia, compromisos sociales o responsabilidades que lo obliguen a asentarse, a enraizarse, a “ciudadanizarse”. Gusta de cambiar con frecuencia de ámbito, de ropaje y de rol social. Lo nomádico está inscrito en su ser. A diferencia de Apolo, no le interesa la competencia. Los años de estudio y práctica van en contra de su naturaleza.[4] 

 Como contiene dentro de sí todas las contradicciones, su presencia genera la emergencia de impulsos también contradictorios. En consecuencia, su trato con el otro puede resultar totalmente paradojal. Una masculinidad dionisíaca puede conducirse y conducir a un otro del cielo al infierno. Puede, asimismo, llevar al individuo en la que se manifiesta al desmembramiento, a la crucifixión, al masoquismo y hasta a la locura. Al fin y al cabo, es también el dios de la locura (acotación: Apolo como dios de la neurosis). Razón por la cual, el mitólogo Walter Otto, lo ha descrito como “el más psiquiátrico” de todos los dioses.

 La conciencia dionisíaca posee un temperamento cambiante como la luna. En un momento puede mostrarse irascible o taciturno y, de pronto, puede estar poseso por un ánimo extático. Su espíritu no puede ser domeñado pues su esencia tiene mucho de salvaje y por ello prefiere moverse acorde a su ritmo interno. Como Apolo, Dionisio también es musical pero su música no es la sublime o académica, es el ditirambo, el sonido visceral. En razón de ello, muchos artistas (más bohemios, por supuesto) están conectados con su energía, particularmente aquellos que hacen uso de instrumentos de percusión. El toreo, el cante jondo, el tango, el jazz, la samba, son todas expresiones dionisíacas. 

El mayor problema con el espíritu dionisíaco reside en que anhela con desespero la vivencia de sensaciones extremas y, si tal necesidad no está canalizada debidamente –por ej., a través de la experiencia mística, artística o chamánica- la buscará mediante el alcohol, los psicotrópicos o drogas alucinógenas. Pues Dionisos es, al fin y al cabo, el propio dios del éxtasis. 

Por otra parte, cuando lo dionisíaco irrumpe en la cultura trae consigo una “trasvalorización de todos los valores”. La ley moral del Padre no tiene cabida, sino la de la Madre a quien Dionisos sirve. Y si entendemos que la ley de la Madre es la ley de los instintos eróticos o tanáticos podemos inferir las consecuencias de su irrupción en la cultura. En general, los movimientos de la contra-cultura son emplazados por la conciencia dionisiaca. El surgimiento de los hippies fue una de las manifestaciones más paradigmáticas de Dionisos en los 60 y, más recientemente, los “raves” y “ravers” (delirios y delirantes).[5]

 

DIONISOS COMO PAREJA

La masculinidad de Dionisio resulta atrayente precisamente por sus altos contrastes: a semejanza de la pantera, el animal que lo acompaña siempre, su presencia resulta seductora aunque fatalmente peligrosa. Se le teme y se le admira. “El gran incógnito” es un epíteto que se le atribuye como dios de la máscara, lo cual le añade un atractivo carácter misterioso que invita a ser develado.  La analista Shinoda Bolen señala que la masculinidad personificada por Dionisos puede resultar “demasiado femenina, demasiado mística, demasiado inmerso en corrientes contra-culturales, demasiado amenazante o, por el contrario, demasiado atractivo o demasiado fascinante como para sentirse confortable en su presencia”  (1989, p. 262).

 Mas que compañeros de juerga, los hombres dionisíacos están rodeados por mujeres y precisamente por ello era la divinidad adorada por el gremio femenino. Como todo dios de la fertilidad, el espíritu dionisíaco está ligado a la madre, por ello, se siente atraído por mujeres que funjan de madres sustitutas y atiendan las heridas emocionales de estos hombres vulnerables, conflictivos o atormentados. O se sentirá magnetizado por jóvenes que, como la mítica Ariadna, hayan conocido el sufrimiento como lo ha conocido él mismo desde su nacimiento.

 La masculinidad dionisíaca puede brindar a su pareja pasión, espontaneidad y total presencia. Vive la inmediatez del momento con entrega completa. Para este tipo de hombre la motivación no está en la conquista sino en la experiencia en sí. La sexualidad puede ser vivenciada como una experiencia de fusión. Puede despertar la pasión en una mujer de tal manera que puede crear una adicción insuperable en su alma. Fusionada en el mundo del otro, se crea la experiencia de plenitud, de éxtasis. Como la atracción hechicera, el otro conservará el recuerdo de aquello que lo ha seducido. No obstante, no hay que olvidar los flujos y reflujos de sus estados emocionales y, por ende, habrá que aprender a danzar acorde a sus ritmos rapsódicos. Con todo, conviene tener presente que, a diferencia de la conciencia apolínea, la vida en pareja con un hombre dionisíaco puede ser totalmente impredecible, tanto económica como emocionalmente.

 Por su parte, es relevante destacar que bajo el hechizo de lo dionisíaco, el hombre, en un completo olvido de si, renuncia momentáneamente a su individualidad y entra “en otro cuerpo, en otro carácter”. Por ende, la confusión de identidad sexual también pertenece al ámbito de Dionisos que con su des-dibujamiento de los límites, desliteraliza las fijaciones de género: la identidad de género llega a ser un proceso dinámico fluido incapaz de ser reducido a ninguna esencia o código inmutable. Jean-Pierre Vernant, profesor de religiones antiguas, estima que Dionisos puede representar todos los aspectos sin dejarse confinar a ninguno en particular. Como un hechicero, juega con las apariencias: él es a la vez hombre y mujer. El travestismo, así mismo, cae bajo el tutelaje de esta ambigua deidad, como es evidente en el caso de Penteo (principio patriarcal-Logos) quien, instigado por el mismo Dionisos, se viste de mujer, en Las Bacantes de Eurípides (Wagner se vestía de mujer al finalizar sus composiciones). Bajo la regencia de Dionisos, la masculinidad tradicional de la concepción moderna está siendo derrocada: el hombre se ha ido “feminizando” (metrosexualidad) y su cuerpo, histerizando.

 La libertad que ofrece Dionisos es subversiva/amoral, por ello no sólo incluye la posibilidad de un cambio de género, sino además, un estado de placer surgido de una indiferenciación polimorfa, por ende, bajo su tutelaje no tiene cabida la designación de “desviaciones sexuales”: la pansexualidad es lugar común para espíritu dionisíaco. Con Dionisos como regente, resulta falible abandonar la noción de intimidad en pareja para incluir a otros miembros en el goce. El desenfreno y disolución orgiástica son expresiones dionisíacas por excelencia.

 

ARES O MARTE

 

 

La autora Arianna Huffington retrata a Ares en su libro The Gods of Greece de la siguiente manera: “Ares es la encarnación de la agresión. Ha sido una de las fuerzas de mayor potencia descritas a través de la historia humana. El es el “Hombre de Acción” de los olímpicos, es el inquieto y turbulento amante, se engrandece en el conflicto y se regocija en el placer de la batalla. En Ares podemos observar nuestra propia agresión cruda y sangrienta antes de haber sido apaciguada o reprimida por la civilización” (1993, p. 106). A diferencia de su hermana Atenea, que era sabia y gran estratega en los asuntos de guerra y luchaba por ideales, Ares combate tan sólo por el placer de la lucha. Por ello, los helenos desconfiaban de él: nunca se sabía por quien iba a tomar partido. Su decisión era arbitraria e impulsiva. Ares encarna la fuerza bruta, nuestra ira primordial que una vez desatada, en su enceguecedora acción, puede llevarse a todos por delante. Sin embargo, cuando se encuentra herido o se siente acorralado chilla como un cobarde. Cuentan la mitología que, herido por Diómedes, la fuerza de su grito fue la de diez hombres. Buscó luego a Zeus para que lo reconfortara y éste lo echó de su lado. Pues, Ares era el hijo rechazado por sus padres: Zeus y Hera. Por su carácter salvaje y sanguinario también era el menos querido por sus hermanos, los demás dioses como tampoco por los humanos civilizados. Razón por la cual fue raramente objeto de culto en la Grecia antigua. Mientras Mercurio define, Saturno resuelve, Marte divide. Sus epítetos son fiel reflejo de su carácter resentido y vengador “el destructor de hombres”, “el asesino de hombres”, el “brutal”, el “bestial”, el “manchado de sangre”. Ares necesita del conflicto: le cuesta vivir en la armonía. Siempre necesita de un contrincante o de un enemigo y lo buscará en cualquier sitio donde se desenvuelva.

 

Cuando Ares se enfrentaba en la batalla lo hacía junto a sus dos hijos, Deimos (el Pánico) y Fobos (el Miedo). Su otro hijo, Cicno, asesinaba a todos los extranjeros. Ares es el responsable de las guerras y de conflictos que nos aquejan en nuestro tiempo. Además, la energía marciana no sólo se manifiesta en los combates sino que su violencia se extiende al ámbito relacional y podemos encontrar la constelización del arquetipo en la pareja, en la familia, entre los amigos o colegas. Así mismo en el liderazgo de una nación cuyo lema sea: “Patria o muerte”. El siguiente pasaje de Hesíodo ilustra de manera ejemplar lo que sucede en una cultura que se haya bajo el tutelaje de la energía de Ares:

 

“Ya no hubiera querido estar yo entre los hombres de la quinta generación sino haber muerto antes o haber nacido después; pues ahora existe una estirpe de hierro. Nunca durante el día se verán libres de fatigas y miserias ni dejarán de consumirse durante la noche…. El padre no se parecerá a los hijos ni los hijos al padre; el anfitrión no apreciará a su huésped ni el amigo a su amigo y no se querrá al hermano como antes…. Y unos saquearán las ciudades de los otros. Ningún reconocimiento habrá para el que cumpla su palabra ni para el justo y el honrado, sino que tendrán en más consideración al malhechor y al hombre violento. La justicia estará en la fuerza de las manos y no existirá pudor; el malvado tratará de perjudicar al varón más virtuoso con retorcidos discursos además se valdrá del juramento. La envidia murmuradora, gustosa del mal y repugnante, acompañará a todos los hombres miserables” (1990, p. 133).

 

RELACIONES DE MARTE O ARES

 

 

La relación más notoria fue con Afrodita o Venus, diosa del amor y la belleza. El Amor y la Guerra: el amor por la guerra o la guerra por amor. Lo cierto es que surgió una fuerte atracción física entre estos dos espíritus ardientes e independientes. Ambos habían tenido un historial de numerosos amantes y su pasión no fue impedimento para continuar con la infidelidad. Particularmente por parte de Afrodita, quien si bien ha podido intensificar el fuego amoroso y atemperar la violencia de Ares, a la vez, la energía que ella encarna es extremadamente independiente y voluble por lo que no se hace servil al espíritu marciano.

 

 

Con todo, no todo el panorama resulta tan terrible con este arquetipo. Cuando la energía de Ares es canalizada debidamente permite al individuo transmutar de manera creativa la ambición desmedida en coraje, la auto-afirmación sin límites en asertividad y las excesivas ansías de poder en logros significativos. Además, su esencia fogosa cuando es domeñada está tras el espíritu de la aventura y de la conquista. Pues la forma de estar en el mundo de Ares es la intensidad y la acción y su tiempo es el de “aquí y ahora”, a diferencia de Apolo. También, al contrario de Apolo, Ares está muy en conexión con su cuerpo y, por ende, con sus pasiones. Su apasionamiento lo convierte en un excelso amante. La masculinidad marciana también puede llevar al individuo a ser pionero en el área laboral o a un atleta a establecer nuevos récords en las competencias.

Como parte de su crianza, Ares fue instruido en el arte de la danza antes que en la de la batalla. En muchas sociedades tribales, la danza de los guerreros precede al combate. En consecuencia, podríamos encontrar un camino de desarrollo insospechado para este “pájaro de fuego”. Podríamos hallar así a un bailarín marciano lleno de vitalidad y fuerza sensual. También puede canalizar su energía ígnea a través de los deportes, particularmente el boxeo.

 

ADDENDUM

 

Como hemos podido apreciar, la visión politeísta promovida por la psicología analítica nos ofrece una pluralidad de perspectivas que nos facilitan una mejor comprensión de la complejidad de la condición humana, a la vez, libera al individuo y su pluralidad interna. Esta riqueza de espíritu era el fundamento filosófico de la Grecia mítica, la Grecia de los dioses. Si partimos del carácter politeísta de la psique, como bien lo muestra la experiencia empírica, debemos de reconocer, asimismo, la existencia de numerosas perspectivas legítimas de experiencias. Sería entonces un error de principio si la cultura sólo favoreciera una sola de las manifestaciones -como el ideal apolíneo o el mito del héroe- pues, al elevarlo a la categoría de dominante estaríamos trabajando en detrimento de la psique como totalidad.

La visión politeísta (perspectivista/pluralista) permite el desplazamiento creativo de marcos de referencia tradicionales (con sus estándares de “normalidad”) hacia nuevos órdenes simbólicos. Tal postura se traduce en una lectura más amplia y creativa de expresiones psíquicas estimadas hasta el momento a modo de desviaciones o patologías. Por otra parte, al convocar las múltiples expresiones de lo masculino y femenino personificados por la diversidad del panteón olímpico, el género podrá asimismo ampliarse al abrirse nuevas posibilidades de auto-identificación menos limitadas, prescriptivas y dualistas. La distinción binaria de género se ha vuelto, en sí, un mito.

Pese a que el monoteísmo barrió del firmamento a todos los dioses, estos no han muerto: los dioses son inmortales y no pueden dejar de existir. El dios exilado se convierte en deus absconditus (“dios oculto”) y, bajo ciertas condiciones, surge de su confinada existencia sombría como retorno de lo reprimido. Detrás de nuestros síntomas y enfermedades –sugiere Jung- se halla la expresión de algún dios herido, ya sea por desconocimiento, olvido, rechazo o represión: “los dioses se han convertido en enfermedades: Zeus ya no gobierna en el Olimpo sino en el plexo solar y produce curiosos especímenes para la consulta del médico... nuestra patologización es obra suya: un proceso divino que se desarrolla en el alma humana.” (Jung, 2004, par. 554).

Cabe destacar, una vez más, que para la psicología analítica resulta fundamental la conexión con los contenidos arquetipales del inconsciente. Las imágenes simbólicas o arquetípicas sirven de telón de fondo para aproximarnos y comprender los síntomas, complejos, fantasías, sueños, en fin, la dinámica psíquica en general. Acorde a Jung, la psique se expresa en imágenes. No obstante, no hay que confundir el símbolo con aquello que simboliza: es decir, no debemos confundir las imágenes con los dioses que las representan simbólicamente pues, nuestra aspiración a contactar con el mundo arquetipal, se transformaría así en una literalización o en mera idolatría. Los dioses no son más que imágenes que representan fenómenos psíquicos. Son símbolos de aquello de nuestra interioridad que elude toda intelectualización. Y si bien se ha tildado la psicología analítica de “religiosa”, sólo lo es en la medida que siempre toca aquellas regiones del alma de donde surgen las inquietudes religiosas o lo es en el sentido etimológico de la palabra “religión” que se traduce como un “religar” o reconexión con nuestra interioridad.

Para concluir no me queda sino refutar la noción de un “principio femenino” y un “principio femenino” pues, desde un punto de vista psicológico, “femenino” y “masculino” son en sí mismas metáforas indicativas de las diferencias experimentadas a través de los géneros. ¿No resultaría menos conflicto expresar las diferencias en términos de imágenes cósmicas como son el Yang y el Yin? Pues tales cualidades metafóricas, inherentes a la naturaleza humana, son en sí mismas expresión de las diferencias.

Respetada audiencia, espero haber cumplido con la misión haberlos guiado fuera de Tamara para encontrar otra ciudad ya no de los signos sino de símbolos. El símbolo, por su condición de eslabón entre la filogenia y la ontogenia, conlleva el devenir individual enraizándolo en la gran diversidad humana. Así, cuando observemos el cielo en la ciudad de los símbolos no lo haremos como lo hacen los habitantes de Tamara quienes, forjados por los discursos, proyectan en las nubes los mismos signos, sino que habremos adquirido la capacidad de ver proyectadas las imágenes de nuestro propio panteón psíquico en los cúmulos, estratos, nimbos y cirros.   

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

-Bendayán Ostfeld, G. 2007. Ecce Mulier: Nietzsche and the Eternal Feminine. Illinois: Chiron Publications..

-Hesíodo. 1990. Obras y fragmentos. Madrid: Gredos, 1990.

-Hillman, J. 2007. “Hermetic Intoxication” en Mythic Figures. Putnam: Spring Publications.

-Huffigton, A. 1993. The Gods of Greece. New York: Kenan Books.

-Shinoda Bolen, J. 1989. Gods in Everyman. New York: Harper & Row Publishers.

-C. G. Jung. 1979. Collected Works. Sir Read, H., Fordham, M., Adler, G. and -McGuire, W. (eds.), 20 vol. Princeton: Princeton University Press (Bollingen Series XX).

__________. 1988 Nietzsche’s Zarathustra: Notes from the Seminar Given in 1934-1939 (SNZ), 2 vol.  Jarrett, J. L. (ed.). Princeton: Princeton University Press (Bollingen Series XCIX).

-Stevens, A. 1994. Jung o la búsqueda de identidad. Madrid: Editorial Debate.

-Vernant, J. P. 2002. “Dioniso enmascarado en las Bacantes de Eurípides en Mito y Tragedia en la Grecia antigua. Vol. II. Vernant, J-P y Vidal-Naquet P.  Barcelona y Buenos Aires: Ediciones Paidós Ibérica, S.A. y Editorial Paidós.

 


[1] Idea o imagen aceptada por la mayoría como patrón o modelo de cualidades o de conducta.

[2] Hasta el presente se han utilizados fundamentalmente tres estrategias de índole totalizadora para sistematizar el género: 1. La visión esencialista: mediante la cual se ha pretendido asignar atributos específicos a cada género. Siendo uno de los más difundidos aquel que estima una equivalencia de lo masculino con la actividad/trascendencia y lo femenino con la pasividad/inmanencia. Tal visión es incapaz de escapar a la subjetividad y al poder de los discursos pues la selección de la esencia sigue siendo un asunto de gran arbitrariedad. Además, la forma de sistematización esencialista toma sus indicios de la biología - de los objetos parciales - para articular las distinciones de género. Los masculino queda así codificado por su pene y lo femenino por su útero; 2. La visión positivista característica de las ciencias sociales. Desde tal perspectiva se persigue una definición simple de la masculinidad basada en lo que es “ser hombre” acorde a lo establecido en el campo de las estadísticas. La visión positivista también tiene sus objeciones pues no podemos exonerar ninguna descripción de algún punto de vista. Cuando miramos y evaluamos lo hacemos a través de algún lente epistemológico. Resulta imposible llevar a cabo una descripción completamente neutral. A la vez, hay que tener en cuenta que los factores de socialización biocultural están impresos desde muy temprana edad en el individuo. Asimismo, cuando se selecciona los objetos de estudio, a priori se han debido separar los mismos bajo las categorías de “hombre” y de “mujer”. De tal manera, esta forma de analizar el género termina reducido a la diferencia sexual y 3. Las definiciones normativas están orientadas a la estandarización de los géneros en base a la premisa de cómo debiera de ser un hombre acorde al consenso de un modelo ideal de masculinidad (por ej. agresividad, independencia, temeridad, etc.). No obstante, en la práctica se demostró que sólo pocos de los hombres investigados podían calzar perfectamente una huella determinada.

[3] Mientras, que La Orestíada de Esquilo aparece como instigador de la muerte de Clitemnestra en manos de su hijo Orestes, y actuando de abogado defensor del homicida declara: “No es la Madre engendradora del que llaman su hijo, sino sólo la nodriza del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el que engendra. La mujer es como una huésped que recibe en hospedaje el germen de otro y lo guarda”.

[4] Para el estudio de una fenomenología extensa de Dionisos cfr. Nietzsche and the Eternal Feminine (Bendayán, 2007)..

[5] Bajo la egida de Dionisos, la lógica patrifálica queda subvertida: se santifica la matriz (la Ley de la Madre o consciencia Gaya). Se pasa, bajo la égida matrifálica, del significado a la sensación: se presenta una primacía de lo inconsciente, de lo corporal y del deseo. El conocimiento es estructurado en términos de matrix en lugar de logos; el lenguaje imaginal (proceso primario de pensamiento) de los antiguos oráculos prevalece sobre el racional-conceptual (proceso secundario de pensamiento); la intuición sobre la razón discursiva; la irracionalidad sobre la racionalidad; la Moira (destino), la Tyché (azar) y la Ananké (Necesidad) sobre Nomos (la Ley patriarcal) y la causalidad; la materia sobre el espíritu; el caos sobre el cosmos; lo ctónico o telúrico sobre lo celestial; el anti-héroe sobre el héroe; el tiempo mítico (“eterno retorno”) sobre el lineal (histórico); lo sublime, lo místico o lo misterioso sobre lo ordinario y manifiesto. Lo reprimido retorna como una Babel de lenguas confusas. El lenguaje se hace inestable y el significado se transforma en un fenómeno evanescente que se evapora tan pronto como es hablado o escrito. Bajo la égida de Dionisos la cultura se desplaza desde el pensamiento racional estructurado jerárquicamente a un modo de pensamiento más perceptual, menos estructurado y más irracional elevando a status de conocimiento-acción y de subjetivación a lo mágico, mántico-oracular, místico y estético.

 
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Sin el alma, no hay forma de salir de este tiempo" C.G.Jung