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 Análisis de la película

 

TENEMOS QUE HABLAR DE KEVIN

 

 

 

 

 

 

Trudy Bendayán,Analista Junguiana

 

“Tenemos que hablar de Kevin….y de la madre”, sería el título más idóneo para este dramático y conmovedor film dirigido en el 2011 por Lynne Ramsey y basado en el libro escrito por Lionel Shriver. La película nos confronta con relevantes cuestionamientos psicológicos y filosóficos: ¿Cuál es la naturaleza del mal?, ¿Cómo se forja la mente de un psicópata? ¿Es la psicopatía la patología asociada al mal? ¿Es el mal una total falta de empatía? ¿Hay una comunicación intrauterina entre madre e hijo? ¿El feto tiene conciencia de rechazo? Y si es así ¿cómo puede afectar su desarrollo? ¿Es la psicopatía producto de la impronta dejada por una infancia carente de Eros o es el resultado de un neurodeterminismo que impide establecer conexiones empáticas con los demás? ¿O es una combinación de ambos? Así mismo, la película se constituye en plataforma idónea para discusiones relacionadas con temas tales como la maternidad, la depresión post parto, la pareja, la familia, el establecimiento de límites, los proyectos de vida, la moralidad, la empatía, la comunicación, etc.

 

 

Por supuesto, un cine foro no es el lugar para dilucidar todas estas interrogantes y debatir sobre temas tan complejos. No obstante, si puede constituirse en una plataforma para su planteamiento y posterior elaboración.

Este filme presenta una estructura narrativa no lineal, quebrada a semejanza de un rompecabezas donde se juega continuamente con la dimensión temporal. A través de la mente y la mirada de Eva (Tilda Swinton) se va generando un entramado formado por el presente y las revivicencias (flashbacks) que permiten al espectador ir hilando trozos de información que va ofreciendo paulatinamente coherencia a la trama argumental. 

Una de las primeras imágenes es una escena retrospectiva en el extranjero donde Eva acude atendiendo asuntos relacionados con su profesión: es escritora de libros de viajes. Aparece una imagen que, por unos segundos, confunde al espectador pues sugeriría que la masa indiferenciada conglomerada en las calles está recibiendo un baño de sangre evocando un salvaje ritual de tinte dionisíaco. Luego se hace evidente que se trata realmente de un jolgorio en el cual la muchedumbre participa de una batalla cuya arma es salsa de tomates. Podemos observar como Eva es llevada a volandas por esa masa anónima y ésta se muestra como una mujer alegre, aventurera y jovial que extáticamente se entrega para vivenciar  esta autóctona celebración. Investigando sobre esta particular festividad colectiva, encontré que se le conoce como La Tomatina y que se lleva a cabo en el municipio valenciano de Buñol. La “batalla” coincide con la fiesta del santo patrón de la ciudad que se celebra en el transcurso de una semana, en la que tienen lugar diferentes actividades y celebraciones previas que culminan con esta batalla de tomates que da fin a las fiestas.

 

Luego de este introito festivo, se da un salto a un presente umbrío en el cual podemos observar como la casa de Eva, una humilde morada, ha sido vandalizada así como su carro: ambos están salpicados profusa y malévolamente de tinta roja. Hilando los trozos inconexos de su memoria llegamos a comprender la razón que justifica tal belicosidad: la sociedad la sigue castigando por el orden perturbado. No parece haber tregua, compasión ni redención posible para la madre de semejante monstruo a pesar de que ella misma perdió a su marido e hija en la masacre acometida. Cabe destacar que el color rojo, alusivo a la “sangre, herida, agonía” (Cirlot), tiene también un papel protagónico en la película.[1] La persecución del color rojo podría indicar la aceptación de culpa por parte de Eva. La interioridad de la casa pareciera reflejar la frágil y desmoronada interioridad de Eva. Jung había concebido la casa como instrumento de análisis del alma. Su imagen procede de una ontología directa que nos remite a nuestra mismidad. Para el psiquiatra suizo, la casa como símbolo remite al self. Muebles desvencijados, desorden generalizado, pomo desprendido, profusión de pastillas que, en su andar tropezado, Eva desparrama por doquier. Todo da cuenta de una mujer que parece haber perdido el alma y se mueve cual autómata. Lo único que presenta un orden inmaculado es su habitación: una réplica del cuarto de Kevin. Asimismo, estando en casa se viste con las franelas de su hijo, las cuales cuida con primorosa dedicación. Pareciera ser lo único que preservó de su pasado. ¿Será alguna forma de identificación o de auto-castigo?

Como una zombie, obsevamos a Eva dirigirse a una anodina agencia de viajes para solicitar empleo y la vulgar gerente la contrata con la sola exigencia que sepa archivar y teclear. Observamos como ella va siendo agredida de diversas formas por los dolientes directos e indirectos de la masacre. Los abusos pasan a formar parte de su diario acontecer en su condición de paria. Ante las miradas sentenciosas de sus vecinos, intenta con épico esfuerzo lavar las condenatorias manchas como si con ello pudiese limpiar el lutuoso evento. La pregunta es ¿por qué Eva permanece en la misma comunidad? ¿Por estar cerca de su hijo encarcelado? ¿Por culpa, castigo y expiación? ¿Qué sucedió realmente con la alegre Eva del inicio de la película?

   

 

 

 

 

El drama se origina en el momento en que Eva (nombre de la madre primigenia) se embaraza. La imagen de ella en estado de gravidez reflejándose en el espejo pone de manifiesto que Eva no se reconoce ante su cambio de figura. Por otra parte, no se muestra socialmente participativa en el gimnasio para embarazadas en cuyo locker todas exhiben orgullosamente sus abultadas panzas descubiertas, mientras que podemos leer la infelicidad en el rostro de Eva quien las observa como si fueran alienígenas. ¿O es ella la alienígena? Se evidencia que no existe en Eva un sentido de pertenencia a ese grupo de mujeres gestantes vivaces y felices. El bebé no parece ser deseado por esta madre cuyo humor y disposición cambia radicalmente con el embarazo a pesar de haber aceptado tener sexo sin protección. Pareciera que se dejó llevar más por un arrebato pasional del momento que por un genuino deseo de engendrar. Por su parte, Franklin (John C. Reilly), de talante más superficial y optimista, muestra tener toda la disposición requerida para recibir con entusiasmo al nuevo miembro de la familia. La situación de Eva no se transforma con la llegada del niño; más bien se agrava. Durante el parto, la doctora le ordena dos veces: “no te resistas Eva”. Lo cual es factible de traducirse en “no te resistas a ser madre”. Mientras el novel padre carga amorosamente a su primogénito, Eva voltea impávidamente el rostro hacia la dirección opuesta. Podría hablarse de una depresión post parto aunque en su caso, más bien, se trataría de una depresión post engendramiento. El intercambio entre madre e hijo resulta cada vez más forzoso y bizarro. La entrega de Eva a su hijo es más de índole funcional que amorosa: le provee de alimento, abrigo y enseñanzas básicas (como hablar, jugar). Eros, como principio íntimo de relación, parece estar ausente. Eva no ama genuinamente a su hijo, ella se instala en el lugar existencial del “como sí”. Es “como si” lo amara. Kevin (Ezra Miller), por su parte, privado de la ternura materna no cesa de llorar. En tan temprana edad, el entorno es prácticamente sinónimo con la madre. En este caso, se podría inferir que el infante percibe un entorno hostil al cual responde con un llanto indetenible que aturde y deprime aún más a Eva. Ella halla un alivio fugaz cuando logra ahogar el atormentante sonido de los sollozos con los estruendosos ruidos del taladro utilizado para romper el pavimento. ¿Qué puede ser más nefastamente determinante en un niño que la falta de amor de su madre? Eva no encuentra eco de su desazón en su marido pues Franklin intenta ver lo mejor en su hijo a quien inicia en la arquería. Cabe recordar que una de las primeras flechas lanzadas va dirigida a la madre. Una advertencia. Con el tiempo Kevin alcanzará un grado de experticia que le permitirá exterminar con gran precisión a sus víctimas.

 

 

 

 

El arquetipo materno no se constelizó en Eva y por ello es incapaz de formar un vínculo con su hijo. Ella siente que todo su estimulante proyecto de vida se ha venido abajo con el advenimiento del bebé y resiente el secuestro que éste ha hecho de su vida. Una realidad que se la hace saber directamente más adelante cuando le confiesa en tercera persona: “Mami era feliz antes de que el pequeño Kevin apareciera ¿lo sabías? Y ahora mami se despierta cada mañana deseando estar en Francia”. Kevin, a su vez, resiente inconscientemente la imposibilidad de significarse a través de la mirada de la madre, de existir al ser visto por ella. Franklin demuestra estar totalmente ajeno a los sombríos parajes y profundidades abismales que habitan a su pareja. Él no tiene ni idea de lo que realmente está sucediendo, en su desconexión se muestra ciego a lo evidente. Le resulta ajeno la nefasta corriente de miasma subterránea que corre entre la díada madre-hijo. No se muestra como el padre de la ley: no impone límites y su conexión con Eva es más de índole superficial. Es en la sexualidad donde parece hallar su mayor satisfacción y cercanía.

A medida que el niño crece, el antagonismo se intensifica. Eva va descubriendo la maldad de su hijo no sólo a través de su desafiante e iracunda mirada sino, además, en todas sus actitudes. En primera instancia, teme que su hijo sea autista y si bien el pediatra lo decreta “normal”, ella tiene la certeza que Kevin está muy lejos de serlo. Él sabe como herirla, irritarla, repudiarla, frustrarla, drenarle el alma. Su vida está en sus manos. Él detenta el poder. Incluso la somete, la esclaviza a través de sus esfínteres los cuales se niega a controlar obligando a la madre a lidiar con su “mierda” literal y metafóricamente. En una ocasión, la afrenta escatológica de Kevin logró sacarla de sus cabales y en un gesto impulsivo lo lanza contra la pared y le parte un brazo. Aunque le pide perdón lo hace nuevamente utilizando la tercera persona “Lo que mamá hizo estuvo muy mal y ella lo lamenta mucho”. Sin embargo, Kevin, estando en prisión, le confiesa que considera que éste fue el acto más honesto que ella ha realizado en su vida. Este episodio le concede aún más poder sobre ella. Cuando desea algo no tiene más que tocarse la herida del brazo.

El niño reconoce instintivamente la ambivalencia de la madre hacia él. Siente el rechazo quizá desde su concepción. Por ello, los ataques de Kevin continúan. En una ocasión daña alevosamente con una pistola de pintura el estudio que ella se crea a modo de espacio íntimo y que funge de reflejo de su personalidad. Pero Kevin no tiene personalidad y conoce de esa carencia “¿qué personalidad?”, pregunta cínicamente Kevin cuando la madre le sugiere hacer también de su habitación un reflejo de su personalidad. Y es que en Kevin hay un vacío constitucional que va minándolos a ambos. Su dormitorio, asimismo, es testimonio de ello: decorado espartanamente no hay un rasgo de distinción particular que dé cuenta de sus gustos. No hay nada que pudiese reflejarlo: objetos estrictamente necesarios: una cama y un escritorio con cuadernos vacíos y CD’s, que bajo la rúbrica de amor, resultan virales. Extrañamente, la casa, a pesar de estar habitada por años, tampoco se ha conformado como hogar: no hay casi adornos y los estantes y gabinetes de la cocina prácticamente están vacíos. No se percibe ningún cambio a través de los años con excepción del estudio de Eva que, más que reflejar su personalidad como ella señala, se erige en un mudo testimonio de la añorada vida pretérita abandonada. Pues Eva, el espíritu libre de antaño, la independiente escritora viajera, va perdiendo sus espacios amados: ya no viaja, ha sido arrastrada por Franklin a vivir en el aburrido suburbio por el bien de su hijo forzándola a abandonar la estimulante ciudad de Nueva York. Eva pierda la independencia. Ella se percibe condenada a una existencia vaciada también de sentido como la de su hijo. Un nihilismo existencial al cual se le suma el terror de lo intuido y no nombrado: la psicopatía de Kevin. Cabe destacar que en ninguna ocasión se emplea esta palabra aunque es el leitmotiv de todo el filme. Lo que resulta más chocante en Kevin, es la magistral actuación que despliega frente a su padre. Pues si bien, los psicópatas como Kevin carecen de empatía afectiva si tienen excelente empatía cognitiva lo que le permite descubrir lo que la otra persona siente, piensa o desea logrando manipular al otro a través de un actuar mimético. Los psicópatas son artistas del engaño que actúan con frialdad reptileana. Así, Kevin ante el padre se muestra como un niño dulce, inocente, juguetón y amoroso lo cual socava cada día más la relación de Eva con Franklin. ¿Cómo explicarle a su marido el juego perverso que Kevin la hace testimoniar día a día? Eva nunca enfrenta a su pareja ni es capaz de controlar a su hijo, sino que se va sumiendo resignadamente a su aciago destino. Una situación totalmente esquizofrenizante. Los dos, madre e hijo, son partícipes de un ciclo destructivo indetenible. Ambos están entrampados en el mismo infierno. Quizá por ello, el director decidió hacerlos tan parecidos físicamente que, por momentos, parecen imágenes especulares: el mismo corte de cabello y tono oscuro que contrasta con la palidez de sus rostros. Poseen, asimismo, una constitución física similar y rasgos evidentemente andróginos lo cual apunta a una situación de indiferenciación entre ellos. Bien pudiese ser Kevin el reflejo potenciado de los aspectos más negativos de ella misma…. de su propia inferioridad psicopática. La fruta no parece haber caído lejos del árbol. 

Ahogada en su infortunio, Eva busca desesperadamente escapar y le participa a su marido que desea irse por dos meses al Ecuador. Propuesta que él rechaza aludiendo la necesidad que tiene el hijo de la presencia de su madre. Ella se resiente pero, como siempre, no se enfrenta. Entonces halla otra forma de escape: embarazarse nuevamente o quizá lo hace motivada por una búsqueda inconsciente de retaliación contra Kevin y su marido a quien ni toma en cuenta para tan trascendente decisión. Franklin, desconectado como siempre no nota el crecimiento abdominal de su mujer. Un cambio que para Kevin no pasa desapercibido. Cuando le anuncia a Kevin que va a tener una hermana y que deberá acostumbrarse a ello, mientras él va destruyendo rabiosamente sus creyones, le responde: “El hecho de que te acostumbres a algo, no implica que deba gustarte. Tú estás acostumbrada a mí”. Eva no se inmuta ante tan lapidaria sentencia y reacciona con un silencio que sugiere una concordancia tácita. Eva da a luz a una hermosa hija, Celia. A diferencia del rechazo sentido por Kevin, la vemos cargando amorosamente a su hija con una mirada llena de ternura. La  habitación del hospital también refleja ese cambio. La de Kevin era blanca, vacía y sin flores. En este ocasión de un amarillo cálido y decorado con hermosas flores. La actitud de Eva demuestra que vuelve a cobrar el talante de antaño. Ella se comporta con su alegre y hermosa hija como la “madre suficientemente buena”, desde la perspectiva de Winnicott. Kevin agrede a la intrusa, objeto de amor de sus padres, aplicando diversas formas de crueldad y tortura hasta el extremo de hacerla perder un ojo. El padre, una vez más, asume una actitud desconectada y trata el grave incidente como un desafortunado accidente. Inclusive obliga a Eva a pedirle perdón a Kevin por haberlo culpabilizado del hecho. Éste ni se inmuta y mientras le hablan del ojo de vidrio que tendrán que insertarle a la niña, con total desparpajo va chupándose un lychee cuya apariencia evoca la imagen del órgano perdido. Pero Eva sabe, conoce de la maldad de su hijo. Kevin, con 16 años, escucha accidentalmente la decisión de Franklin de separarse de su esposa y entregarle la custodia de los hijos. Él sabe que él es el motivo de la ruptura. Ya no tendrá a su padre como aliado. También él lo abandona. Aunado a ello, ya no parece resistir la felicidad del trío una vez superado el hiato de pareja. Se siente totalmente excluido y ajeno de ese bienestar familiar. Decide entonces, con toda premeditación y frialdad, atestarle a la sociedad y particularmente a Eva la criminal estocada final.

   

 

 

 

 

 

Desde una lectura junguiana, podemos señalar que el problema de Kevin es una carencia de Eros, la madre no ha sido capaz de constelizarlo en el encuentro con su hijo. Y, acorde a Jung, donde no hay eros –principio de intimidad, vínculo o relación-, reina el poder. La primacía es así concedida a la voluntad de poderío. Y ese poder malévolo impulsa a Kevin a dar cabal cumplimiento de su íntimo deseo de venganza: Eva no debe morir. Deberá vivir la vida que le resta en el infierno como una forma de eterna condena a fin de pagar por su incapacidad de amarlo. La masacre parece ofrecerle a Kevin una doble ganancia: además de castigar a su madre, intenta obtener el reconocimiento y validación que tanto ha anhelado a través de un locus externo: “¿Qué es lo que mira toda esa gente en la televisión? Gente como yo”, declara ante las cámaras. “¿Acaso no hubiesen cambiado ya de canal si todo lo que yo hubiese hecho es sacar 20 en geometría?”. Kevin necesita de la fama, aunque negativa, a modo de validación externa careciendo de un sentimiento de valía interior. Lo que no logró con la madre, cree haberlo logrado con sus crímenes: significarse a través de la mirada del Otro.  

Cuando Eva lo visita en la prisión la densa atmósfera de silencio entre ambos podría cortarse con un cuchillo. El vacío comunicacional que siempre existió se perpetúa. Pues, ese necesario tenemos que hablar con y de Kevin nunca llegó a darse. En el aniversario del fatal acontecimiento, la madre le señala “No pareces feliz”, a lo cual él replica “¿Acaso lo fui alguna vez?”, incrementando aún más su culpa. Eva le pregunta por la razón que lo impulsó a cometer los asesinatos y, por primera vez Kevin se muestra confuso y dubitativo y responde: “Creí que lo sabía. Ahora no estoy tan seguro”. Lo cual podría interpretarse como que lo que hizo ya no tiene sentido, le resulta inexplicable. En la película podemos apreciar dos vislumbres de humanidad y acercamiento por parte de Kevin. En ambos es promovido por un sentimiento de vulnerabilidad (el talón de Aquiles del Titán) que le hacen sentir temor y angustia. La primera vez, cuando enferma y vomita, vemos que asustado busca la protección de la madre, y cuando alcanza los diez y ocho años y sabe que va a ser trasladado a una prisión con criminales tan o más psicopáticos como él.

En la escena final, observamos a Eva cruzando un umbral situado frente a una pared blanca que se difumina por el lente en una nada... esa nada existencial a la que están ambos condenados.

Para concluir cabría preguntarse si después de haber sido testigos de la vida de Kevin como bebé, como niño y como adolescente ¿es posible sentir compasión por personas como él? ¿Es posible sentir empatía por alguien que carece completamente de ella? ¿Podemos, asimismo, comprender a Eva en su ambivalencia como madre? Los invito a que reflexionemos sobre ello. 

  

 

 



[1] Además de La Tomatina, en el supermercado Eva se esconde de de las miradas acusadoras delante de un estante plagado de sopa de tomate, la pistola de pintura de Kevin que ella pisotea provoca que se bañe las piernas de rojo sangre simulando una especie de estigmata, sus manos se cubren de sangre al limpiar el destructor de basura donde Kevin lanzó a la mascota de su hermana, la mermelada untada y apretujada por Kevin en su pan y en la mesa, las sillas y letrero de la agencia de viajes son rojas, etc.).

 

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Sin el alma, no hay forma de salir de este tiempo" C.G.Jung