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EDIPO

APROXIMACIÓN JUNGUIANA AL MITO


 

  Trudy Ostfeld de Bendayán

 

En razón de que el mito de Edipo constituye uno de los ejes pivotales sobre el cual se fundamenta el psicoanálisis e, independientemente de nuestra orientación cognoscitiva, es la interpretación freudiana la que ha quedado grabada en la psique colectiva. Por ello, estimo conveniente examinar nuevamente las implicaciones psicológicas de tal mito. Si bien existen dos excelentes revisiones del mito realizadas por el arquetipalista James Hillman en la obra Oedipus Variations y Jean-Joseph Goux, estudioso de los clásicos, en Oedipus, Philosopher, me abocaré a examinar ésta la última por estimarla más iluminadora para nuestro propósito. Sólo quisiera señalar que Hillman acusa una inversión en la interpretación del mito realizada por Freud quien estimaba que la muerte del padre es el resultado del deseo por la madre. No obstante, destaca Hillman, ya sea en la obra de Sófocles o en la leyenda, primero se sucede el parricidio y después, el incesto. Por tal razón concluye: “caemos en los brazos de la madre sólo después de haber matado al padre.” Se debe entender “padre” y “madre” no en su sentido literal sino simbólico: el “padre” como ley y la “madre” como inconsciente. Por su parte, Goux también estima una inversión en la interpretación freudiana, al respecto señala: para Freud el complejo explica el mito en lugar de asumir el mito como proveedor de conocimiento y, en calidad de tal, capaz de interrogar la experiencia psicoanalítica. Es el mito el que debe explicar el complejo y no al revés. La inversión o tergiversación realizada por Freud, acorde a mi observación, parece derivar de su propio complejo paterno. Quizá motivado por sus propios temores de parricidio, el padre del psicoanálisis mostró una marcada inclinación hacia la exigencia de obediencia absoluta por parte de sus discípulos frente a sus doctrinas. Con el tiempo, su mayor temor se cristalizó: los “hijos” más cercanos habían “matado” al padre a fin de seguir sus propios caminos.

 Acorde a Goux el mito de Edipo es una anomalía. Es el matricidio y no el parricidio lo que constituye el corazón de todos los mitos heroicos. El héroe que se constituye en rey es el héroe que mata el dragón femenino, a la serpiente femenina, a la monstruosidad femenina, en combate sangriento. El héroe libera a la damisela en apuros como resultado del asesinato de la fuerza femenina oscura y peligrosa representada por temibles figuras. Comparado con este prototipo de gesta heroica, la historia de Edipo resulta ser un mito aberrante. Por ello, Goux concluye que el mito de Edipo es un mito del fracaso de la investidura real o la evitación de la iniciación masculina. El fracaso (o la evitación) está ligada, de forma sistemática y rigurosa, a la anomalía mítica de parricidio e incesto. Edipo, en lugar del héroe, resulta ser representante de la figura prototípica del filósofo: aquel que reta enigmas sagrados a fin de establecer una perspectiva antropocéntrica. La sustitución del mhytos por el logos. Una actitud netamente falocéntrica. Estima, por ello, que lo que es esencialmente edípico es la separación entre la conciencia y el inconsciente.

 El autor destaca las semejanzas y las diferencias entre el mito de Edipo con el de otros héroes mitológicos. Al respecto observa que como resultado de las advertencias del oráculo, el héroe es enviado lejos de un rey amenazante y persecutorio. Por ejemplo, Perseo es criado por Polidectes, Jasón por el centauro Quirón y Edipo, por el rey de Corintio. Similarmente, estos personajes deben confrontarse a un monstruo peligroso y cada uno de ellos emerge triunfante. Este es el aspecto más destacado de las narrativas heroicas: el protagonista se constituye en héroe sólo como resultado de su victoria sobre alguna criatura monstruosa.[1] La victoria sobre el monstruo y el casamiento del héroe con la hija de un rey constituyen la ley del mito de la investidura real. No obstante, en el caso de Edipo, el héroe no se casa con la hija de un rey sino con la reina quien, a su vez, es su propia madre. Esta desviación crucial del motivo del matrimonio hace que Edipo no pueda ser identificado plenamente con otros reyes míticos. Además, ésta no es la única diferencia existente entre su historia y la de otros héroes. Existe un motivo importante que se repite sistemáticamente en los tres mitos de referencia nombrados y que se encuentra ausente de la historia de Edipo: el motivo de las pruebas impuestas por un rey. El rey Polidectes comanda a Perseo a regresar con la cabeza de la Medusa; Yóbates, rey de Licia, ordena a Belerofonte matar a la Quimera y Pelias, el tío-usurpador, comanda a Jasón a traer el vellocino de oro. Sin embargo, en el mito de Edipo, el motivo de la prueba asignada por un rey está totalmente ausente. El encuentro con la esfinge nunca es explicado como el efecto de un mandato imperioso de parte de un rey hostil. Edipo se confronta con la monstruosa figura por su propia voluntad. Por otra parte, los héroes siempre son ayudados a vencer por uno o más dioses. Perseo es asistido por Atenea: la diosa le provee del lustroso escudo y le instruye a no mirar directamente a Medusa, tan sólo su reflejo. Hermes, por su parte, arma a Perseo con una hoz filosa de acero. Similarmente, Belerofonte es ayudado también por Atenea: le provee de una brida dorada a fin de controlar a Pegaso en su ataque a la Quimera. Jasón, es asimismo ayudado por Atenea, en el comienzo de su largo periplo: por consejo de la diosa construye el navío “Argo” y la expedición parte bajo el tutelaje de Hera. En el caso de Edipo no encontramos una situación similar. Edipo triunfa sobre la esfinge sin ayuda celestial alguna, lo cual evidencia un acto de hybris (inflación). Los otros héroes mencionados también recurren a la ayuda de sabios y profetas para ser aconsejados. Belerofonte consulta al vidente Poleidos quien le aconseja atrapar a Pegaso mientras el caballo está tomando agua. Jasón es ayudado por el ciego visionario Finus quien lo insta a tomar determinado camino, además de proveerle las enseñanzas necesarias a fin de sortear los peligros. Con la colaboración de Medea, Jasón logra el éxito en obtener el vellocino de oro. La ayuda por parte del sabio también está ausente del mito de Edipo. El obtiene una victoria sin recurrir a los dioses, a los sabios y a ninguna mujer que le inspire a lograr hazañas. “Para resolver el enigma”, grita Edipo a Tiresias, “era necesaria ciencia. Ciencia profunda...¿cantos de aves? ¿un dios asistente? ¡No hombre! Y vino Edipo, vine yo...el ignorante, el inculto y eché abajo los artificios de la esfinge.”

 

También en el caso de Edipo, a diferencia de los otros casos, las pruebas a superar no están divididas en etapas. Ni Perseo, ni Belerofonte, ni Jasón logran el éxito a través de una sola hazaña. Cada una de las aventuras de los héroes mencionados requiere de largas etapas preparatorias sin las cuales la victoria final no podría ser obtenida. En cada una de las etapas son asistidos ya sea por dioses o mortales. Edipo, en cambio, logra la victoria en un solo acto, sin ayuda, sin estadios preparatorios: él triunfa a través de la palabra. Resuelve el enigma con ayuda del intelecto y no del combate. Como resultado, la esfinge se suicida: se arroja al abismo (inconsciente) y como sombra (lo reprimido) espera el momento de tomar venganza Goux resume las anormalidades o desviaciones encontradas en el mito de Edipo de la siguiente forma:  

 

A.- El motivo de las pruebas impuestas por el rey está ausente: en su lugar, encontramos la muerte de un rey que es el padre de Edipo.

 

B.- La peligrosa confrontación con el monstruo femenino presenta las siguientes irregularidades:

          1.- No hay ayuda por parte de los dioses.

          2.- No hay ayuda por parte de mortales (sabios o futuras consortes)

          3.-No hay estadios preparatorios.

          4.- No hay movilización de fuerza psíquica.

 

C.- El héroe no se casa con la hija de un rey sino con su propia madre.

 

La muerte del monstruo femenino –no la eliminación por medio de la inteligencia – podría ser la condición para lograr un matrimonio no-incestuoso. Sin embargo, Edipo no mata al monstruo femenino y por ello, no es merecedor del casamiento con la princesa. La aventura de Edipo carece de este necesario acto letal. La esfinge como símbolo de lo femenino devorador, en la interpretación de Freud, está totalmente ausente: es el enigma no resuelto del movimiento freudiano. Su solución amenazaría toda la estructura del edificio freudiano, basado en una interpretación errónea del mito de Edipo, y lo que es más grave aún, del complejo de Edipo. Estimo que lo sucedido en el caso de Freud es producto de su propia postura androcentrista: definió la sexualidad femenina en términos de la castración fálica y la sexualidad femenina no puede ser aprehendida en función de un significante que la define en términos de una carencia y que privilegie al pene. Razón por la cual, Freud consideró la sexualidad femenina un misterio que nunca llegó a comprender.

Para comprender lo femenino debe considerarse no sólo el enigma propuesto por la esfinge, sino lo que la propia esfinge constituye cómo símbolo.

 El “monstricidio” es el elemento faltante en la interpretación realizada por Freud. Jung, a diferencia de Freud, no colocó la rivalidad edípica con el padre como el corazón de su interpretación de la neurosis. Para Jung, el parricidio no constituía el evento central: el mito de Edipo no era para él el mito de referencia. Lo que Jung percibió acertadamente es la lucha del héroe con el monstruo. En las mitologías heroicas de todos los tiempos, este es el “mitologema” prevaleciente. A pesar de los esfuerzos realizados por Freud y sus discípulos por mostrar lo contrario, se constituye en algo virtualmente imposible el interpretar la matanza heroica como un substituto del asesinato del padre. Nada justifica tal interpretación. Ver la imagen del padre, incluso disfrazada o desplazada, en las múltiples formas de los dragones (femeninos) que pululan las pesadillas del héroe es asumir de forma demasiado ligera lo que el mito mismo estipula: el sexo femenino del monstruo, su hábitat cavernoso, etc.

 En este punto, estima el autor, Jung no estaba equivocado al permanecer intransigente en su discusión con Freud. Ningún concepto en la doctrina freudiana puede llegar a un acuerdo con lo que representa simbólicamente el monstruo. Y Jung, buscando el significado de esta criatura peligrosa estaba en lo cierto al dirigir su mirada a la madre: a la oscura, envolvente y sofocante madre que atrapa y cautiva a su hijo reteniéndolo entre las numerosas colas de su naturaleza reptil. Sólo después de una batalla sangrienta contra el opresivo y devorador monstruo femenino, sólo cuando el hijo es capaz de movilizar todas sus energías para matarlo, podrá liberarse de ella y lograr su casamiento con la princesa cuyo acceso le es bloqueado por la madre oscura.

 La victoria sobre le monstruo, el motivo típico y universal de los héroes mitológicos, adquiere un profundo significado sólo a partir de la perspectiva del matricidio. Es el matricidio y no, como Freud lo sugirió, el parricidio, lo que constituye la tarea más dificultosa: el hecho que hace que un hombre adquiera el rango de héroe. Este es la prueba iniciática mediante la cual el postulante llega a ser un hombre completo: una lucha que tiene lugar en las profundidades cavernosas y oscuras (inconsciente) y no como resultado de la muerte del padre llevada a cabo en la claridad del día representada por polémicas tribales. Lo que se mata no es la madre real como Freud lo sugiere con su tendencia a personalizar excesivamente el conflicto inconsciente a fin de presentarlo como un drama familiar. El drama es, más bien, arquetipal. De tal modo, lo que es confrontado es la dimensión negativa: un reptil oscuro y devorador, un monstruo que habita en las profundidades acuosas y cavernosas (el aspecto oscuro o negativo del inconsciente), una dimensión que el mito por sí es capaz de conceptualizar. Lo que Freud fue incapaz de visualizar es que la meta representada por el casamiento del héroe con un ánima diferenciada del complejo materno, es el resultado de un combate violento con el monstruo. El deseo por la madre es un deseo mortal. El retornar a la caverna, al útero, al infierno, requiere que el héroe se someta a una confrontación en la que su propia vida esté en peligro. Sólo podrá emerger triunfante si logra romper la poderosa atadura, liberarse del apego letal a través de un acto de sangrienta violencia dirigido contra la madre-monstruo. El matricidio por sí constituye la liberación del hombre de lo femenino atrapante: provee el acceso a la novia una vez que el elemento materno ha sido separado del elemento femenino nupcial (diferenciación del ánima).

Lo que resulta más asombroso en esta operación es el hecho de que el padre parece no tener participación alguna. El acceso a lo femenino no se logra al obedecer la ley paterna que impondría el tabú incestuoso y obligaría a buscar la novia en otra parte: la victoria matricida es lo que permite la recompensa de lo femenino no-maternal. Si la figura del padre tuviese parte alguna en la confrontación (y en el mito prototípico no es nunca el padre del propio héroe), no sería el de agente de prohibición, sino que jugaría un papel que podría identificarse como el del rey que impone pruebas a ser superadas y, tal prerrogativa reside en su propio prestigio y no en la ley. Estimula el sentido de honor del joven héroe, su amor por la competencia al retarlo a pruebas peligrosas y virtualmente imposibles. Emulación en lugar de coerción es lo que impele al joven a batirse en peligrosas contiendas.

 

 

El mito de Edipo está organizado alrededor de una secuencia causal: no debe ser visto desde el parricidio que conduce al incesto, sino que el mito es resuelto por la secuencia representada por el matricidio que impulsa al combate. Es el matricidio y no el parricidio el obstáculo central y, sin tener que recurrir al tabú del incesto, el mito da cuenta del acceso masculino a su deseo fundamental. Sin embargo, el mito de Edipo nos ofrece una versión distorsionada de tal deseo al evitar la iniciación: confrontarse con la muerte a fin de renacer como hombre. Nada en la interpretación freudiana del mito nos permite inferir que lo que está en juego es la sangrienta batalla entre el héroe y el monstruo: una batalla que es presentada en el mito a modo de caricatura, o a la sumo, como una versión aberrante y parcial pues está basada solamente en la solución del enigma. Es legítimo estimar que el hijo edípico pueda ser considerado que no sólo deja de cubrir la tipología masculina del deseo, además, presenta una versión distorsionada y superficial de este deseo.

Así como la evitación de la iniciación (la muerte simbólica) hace del mito de Edipo algo aberrante, también la evitación de la castración hace del complejo de Edipo una fantasía: una neurosis, un mito en sentido peyorativo, con respecto al deseo masculino verdadero, el cual es confrontar la castración simbólica. Lo que Freud y sus seguidores han intentado de conceptualizar bajo la etiqueta de castración no es otra cosa que una iniciación y, más precisamente, la fase de “muerte” y el sacrificio: condición necesaria de un segundo nacimiento a fin de renacer como hombre.

En el mito de Edipo lo que debía ser logrado en la esfera femenina (la victoria sobre el monstruo) tiene lugar en la esfera masculina (la muerte de Layo). Cuando Edipo se encuentra con la esfinge, él ya ha vivenciado el momento del asesinato, pero de forma desplazada y perversa: la agresividad fue dirigida hacia su propio padre en lugar de dirigirla sobre el monstruo femenino. La evitación de la iniciación ya comenzó con el encuentro de Edipo y su padre.

Lo que el mito expone y el psicoanálisis no toma en cuenta es la función del sacrificio. El sacrificio permite al protagonista aceptar la tarea designada por la autoridad moral. De tal manera, donde Freud intenta localizar un “deseo por la castración”, los mitos de iniciación masculina en general sitúan un deseo por el heroísmo, el riesgo, el sacrificio: un deseo que tiene una base ética. En el mito de Edipo hay una gran ausencia: ninguna autoridad ofrece alguna causa para que la búsqueda de heroísmo y sacrificio sean asumidos por el joven protagonista. El mito de Edipo no es un mito de prohibición paterna: es un mito que muestra la ausencia del rey que impone pruebas. La lógica del mito es extraordinariamente rigurosa en términos estructurales y narrativos: Edipo se encuentra con Layo en lugar de encontrarse con un rey que imponga pruebas. Por ello, en vez de ser enviado a matar al monstruo, en lugar de dirigir su agresión hacia una tarea valiosa, Edipo permanece en rivalidad mortal con su propio padre. El asesinato del padre es, así, en términos del conocimiento mítico, una aberración que reemplaza un acto convencional: un reto impuesto por una figura real y aceptada por el joven héroe. Esto puede ser formulado de manera diferente. La rivalidad mortal mostrada por el protagonista ante su padre le impide confrontar una tarea más difícil: la castración en su aspecto más radical. Al atribuir la amenaza de castración al padre quien busca prevenir o vengar los deseos incestuosos del hijo por su madre, Freud humaniza excesivamente la causa del conflicto pues lo depriva de su necesidad prehumana, superhumana e inhumana (arquetipal). En ese sentido, se comporta como Edipo, al contestar el enigma de la esfinge con la palabra “hombre.” La aventura iniciática es la que puede liberar al joven de la atracción agonizante y abismal de la dimensión maternal. La liberación dolorosa del héroe no resulta de una rabia vengativa del padre. El deseo incestuoso es intrínsecamente agonizante: ninguna prohibición convencional lo hace así. Es el deseo del joven que crea, a partir de sus propias inclinaciones, un monstruo angustiante. Freud asume al padre como el portador de la ley que prohíbe el culto de ídolos maternales y la imaginación incestuosa y cree que la causa del obstáculo reside allí. De tal manera, parece no darse cuenta que la aparente prohibición del padre puede esconder algo que no es paternal ni maternal, más bien, algo que no tiene rostro humano (arquetipal).

 

El simbolismo de la esfinge, por ejemplo, la representa como una mujer-animal. No hay lugar para nada paternal. La esfinge está sumergida en la animalidad, incluso aunque su propia morfología la sitúe entre lo humano y lo animal. La esfinge y, no el padre, es quien impone tortura y produce la muerte del hijo como consecuencia del deseo que ella despierta. Un deseo por la animalidad femenina oscura y negativa, por la unión terrible en la que se arriesga ser completamente aniquilado. El episodio con la esfinge es el encuentro con los misterios de la sexualidad y de la muerte. El héroe debe experimentar que la realidad de su propio deseo por el monstruo es letal. Sólo esta confrontación le permitirá, después de una muerte simbólica, el renacimiento a una nueva identidad

 

 En la lucha contra el temible monstruo, dragón o Medusa, el héroe desarrolla su propia masculinidad: moviliza las fuerzas internas que le permitirán transformar su dependencia infantil en una masculinidad combativa. Edipo no logra tal transformación pues, es el intelecto y no el coraje lo que le permite lidiar con la esfinge. El mito nos alerta de un falso poder: el poder que no resulta de un combate genuino, el poder que no resulta del monstricidio sino de la evitación, a través de la intelectualidad, de la seducción por el monstruo. Por tal razón no logra desposarse con lo femenino no maternal, más bien, acaba atrapado en lo maternal devorador. Es la ausencia de matricidio lo que persigue a Edipo. La liberación de lo femenino no se logra en el destino de Edipo. El suicidio de la esfinge es producto de la rabia odiosa de la amante volcada hacia adentro, la rabia del monstruo oscuro que se vengará desde el inconsciente.

A diferencia del verdadero héroe, aquel que desciende a las profundidades, al abismo, donde mata al monstruo y encuentra el tesoro, Edipo permanece incrédulo y ajeno a los efectos de la seducción y a los terrores del regreso: evita el descenso y el matricidio.

 Los mitos nos reportan que las esfinges están conformadas por tres aspectos: la cabeza de mujer, cuerpo de león y las alas de águila. La mujer simboliza el componente seductor correspondiente a la prueba sexual. El cuerpo de león está relacionado con la fuerza guerrera y las alas del águila, por su afinidad con los cielos: representa la espiritualidad y el conocimiento superior. Por ello, la esfinge es un adversario triple. Superar la prueba impuesta por la esfinge es lograr la aniquilación auténtica del monstruo al demostrar la posesión de tres atributos: la templanza, que permite al protagonista entregarse a la provocación sensual de la mujer (la esfinge también tiene relación con las sirenas y sus cantos seductores y mortales). Segundo, el coraje: la habilidad de movilizar la furia del guerrero, el poder de luchar como un león contra el león. Finalmente, la inteligencia, la comprensión de aspectos elevados y divinos: un conocimiento sagrado.

 

Las aventuras heroicas nos presentan con una curiosa cronología tripartita: Hera envía los monstruos, Atenea provee el coraje y los medios para confrontarlos; Afrodita-Eros ofrece el deseo y la oportunidad para lograr la victoria. Edipo no es asistido por Atenea en su confrontación con la esfinge y tampoco es impulsado por ningún deseo amoroso de encontrar una pareja. El logra el éxito por sí mismo y para él solamente. Ningún rey le impone pruebas (al principio) ni hay un deseo de desposamiento (al final): nada justifica su confrontación. Habiendo profanado el rito iniciático a través de su respuesta sacrílega, habiendo sobre-valorado la astucia, habiendo evadido la utilización de la fuerza bruta y el reto de la seducción sexual, la posibilidad de Edipo es sólo la de sucumbir ante las fuerzas que él ha ignorado. Edipo ofendió a la esfinge en lugar de derrocarla en combate, ofendió los misterios de la iniciación real en lugar de haber recibido sus conocimientos secretos. Con él, la transmisión sagrada se ha roto acorde a los requerimientos divinos. Edipo es así un usurpador.

 

Detrás de cada enfermedad, acorde a Jung, hay un dios que ha sido descuidado o ignorado y en el caso de Edipo este dios es Apolo pues, su trasgresión fundamental, cae en los dominios de este dios. Si triunfó por su inteligencia solamente eso indica que está bajo la jurisdicción de Apolo: dios de la inteligencia y el conocimiento teórico. Lo que constituye la hybris de Edipo es el exceso unidimensional de la pasión de Apolo. Ha usurpado violentamente el lugar de Apolo, al no reconocer que su conocimiento proviene de este dios. Esta es la pasión de Edipo. Tomó un recurso sagrado de Apolo y lo asumió como algo puramente humano. Es por tal razón que Tiresias le dice: “No te impone el Destino que caigas bajo mi mano: Apolo bien lo sabe, él de mil recursos tiene el tesoro. El te dará tu pago.” Su castigo final provino del mismo conocimiento que finalmente lo destruyó. El precepto apolíneo, “conócete a ti mismo” se volvió contra él.  Finalmente se juzgó a sí mismo, se maldijo y se auto-condenó.

 

 

Por su parte, Bernard Knox, en su obra Oedipus at Thebes, señala que la historia de Edipo no puede ser considerada como “la tragedia traída por el destino”, como Freud lo estimó, pues tal postura implicaría que el protagonista no poseía libre albedrío. Destaca que, por el contrario, Edipo es el responsable de su propia catástrofe. Sófocles, acorde al autor, presentó cuidadosamente el material del mito de tal manera que excluyó todos los factores externos. La vida de Edipo es el resultado de sus acciones. Las acciones no responden a un cumplimiento de la profecía, sino al descubrimiento de que la misma ha sido cumplida. La catástrofe de Edipo es el descubrimiento de su propia identidad y, más aún, que es el primer y último responsable de toda su tragedia. Los eventos fundamentales de la obra ni siquiera forman parte de la profecía: Apolo no predijo el descubrimiento de la verdad por parte de Edipo, ni el suicidio de Jocasta, ni la ceguera auto-impuesta por el propio protagonista. En las acciones del drama, el destino no forma parte alguna. Agrega que las decisiones y acciones de Edipo constituyen el factor causal de la tragedia y resultan ser expresiones del carácter del protagonista. No hay nada pasivo en la naturaleza de Edipo: su tendencia natural es siempre la de actuar: se impone continuamente sobre la gente y las circunstancias. Su ansia fáustica de conocimiento es lo que finalmente lo condena. En cuatro oportunidades se le aconsejó detener la investigación emprendida. Al principio es advertido por Tiresias, en el medio del drama es aconsejado dos veces por Jocasta y una vez, al final, por el pastor. Edipo rechazó todo consejo para proseguir obsesivamente la búsqueda de respuestas. Las acciones de Edipo no sólo son las acciones de un agente libre, además, son la causa de todos los eventos de la obra. Edipo, no sólo es libre, además es completamente responsable de todos los eventos que constituyen el drama.

 

Todo el destino de Edipo, acorde a Goux, está marcado bajo el signo de “por mí mismo”. Edipo rechaza toda autoridad (dioses y sabios) y la muerte del padre inaugura su decisión de ser autónomo. El parricidio, la solución del enigma y el incesto son crímenes sucesivos de la violenta autonomización (inflación). Edipo no reconoce ninguna alteridad: no reconoce la autoridad de un rey, de lo sagrado ni la alteridad de lo femenino.

 

Es Heinz Kohut quien confronta a Freud con la siguiente interrogante: ¿Qué hubiese sucedido con la teoría psicoanalítica si ésta hubiese sido fundada en el complejo de Odiseo-Telémaco en lugar de Layo-Edipo? Si Freud hubiese concebido un complejo de Telémaco en lugar del complejo de Edipo, acorde a Kohut, toda la teoría – y práctica – sería radicalmente diferente. De acuerdo a Kohut, es la continuidad intergeneracional humana y normal entre padre e hijo la que ejemplifican Odiseo y Telémaco y no la disputa intergeneracional y el deseo mutuo de matar y destruir –a pesar de que incluso de forma ubicua podemos encontrar trazos de esta desintegración patológica la cual, el psicoanálisis, nos lo ha presentado como una fase de desarrollo normal: un experiencia normal del niño.

Trudy Ostfeld de Bendayán, Ph.D Filósofo-

Analista Junguiana

 

BIBILIOGRAFÍA:

-Goux, Jean-Joseph. Oedipus, Philosopher. Stanford: Stanford University Press. 1993.

-Kerényi, K. y Hillman, J. Oedipus Variations. Dallas: Spring Publications, Inc. 1991.

-Knox, Bernard M. W. Oedipus at Thebes. New Haven: Yale University Press. 1966.

-Kohut, Heinz. “Introspection, empathy, and the semicircle of mental health”, en P. H. Ornstein (editor). The Search of the Self: Selected Writings of Heinz Kohut, 1978-1981, 4, pp. 537-67. Madison, CT: International Universities Press. 1991.

 


[1] Perseo vence a Medusa, Belerofonte vence a la Quimera, Jasón vence al monstruo inmortal que cuida el vellocino de oro y Edipo triunfa sobre la esfinge. Finalmente, Perseo se casa con Andrómeda, Belerofonte se casa con Filóno, Jasón con Medea y Edipo con Jocasta.

 
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Sin el alma, no hay forma de salir de este tiempo" C.G.Jung