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 UN TOQUE DE CANELA

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 


 

Trudy O. de Bendayán

 

Este film realizado en el año 2003 por el director y guionista griego Tassos Boulmetis, lleva por título original “Politi Kouzini” y que conlleva a una doble traducción: una es “La cocina de la ciudad” y, la otra es “La cocina política”. Ésta última pareciera ser la más idónea pues resalta la relevancia que ha tenido la política en el desarrollo de los personajes de la película.

“Un toque de canela” tiene un extenso tinte autobiográfico pues, a semejanza de la familia Iakoviedes, Boulmetis nació en Estambul y fue deportado a Grecia, junto a los suyos, en 1957. Además, tal como Fanis, estudió Física en la Universidad de Atenas. El director realizó otras dos películas: “The Dream Factory” (“La fábrica de sueños”) en 1996 y recientemente dirigió “Notias”, traducida al inglés como “Mythopathy” (“Mitopatía”) estrenada en el 2016.

“Un toque de canela” es una historia que incluye muchas aristas representadas por los aspectos políticos, históricos, culturales y psicológicos. Leerlo desde una sola perspectiva no sería lo justo, pero Cronos, el implacable tiempo, sólo nos permite rozar algunos de estos aspectos.

La narración transcurre mediante la superposición de dos etapas de la vida de Fanis: una en la que nos hace testigo de sus vivencias de niño y, paralelamente, nos confronta con su vida adulta. En medio de ambas aparecen pasajes de su etapa adolescente. La película cubre treinta y cinco años de la línea vital del Fanis.

 

LAS ESPECIAS COMO PROTAGONISTAS

 

¿Sabían que el comino impregna de un aroma profundo las comidas y entonces los comensales se vuelven poco comunicativos... más introspectivos? (“Me importa un comino”) Y si lo que uno desease fuese lo contrario, es decir, que se produzca un encuentro amable entre nuestros convidados quienes conversarían mirándose a los ojos. Para ello debiéramos de utilizar la canela que es venusina: dulce y amarga como todas las mujeres. Estas son algunas de las enseñanzas de Vassilis, hombre sabio y amoroso, abuelo y mentor de Fanis y quién desempeñará un papel fundamental en el desarrollo, vocación y sensibilidad de su nieto. Vassilis vivencia y, así se lo transmite al pequeño, un universo animista en que todos los objetos que lo conforman, particularmente las especias, están vivos, poseen un alma propia y evocan una emoción acorde a su carácter intrínseco. Un microcosmos que se refleja en el macrocosmos: gastronomía y astronomía. “Como es arriba, es abajo”, reza el antiguo dictum del tres veces grande, el sabio egipcio Hermes Trismegisto. Una conjunción que se da en Vassilis en perfecta consonancia.  

 

 

 

Por todo ello, se nos hace evidente que Vassilis no es un simple tendero, es sobre todo un profundo conocedor del mundo y del alma humana. Conocimiento expresado fundamentalmente a través de la metáfora de las especies. “Huele a ajo”, algo anda mal, señala Vassilis a los suyos refiriéndose a la reciente visita del diplomático Osman a su tienda. En el Hamán, el baño turco “donde se abren las almas al igual que los mejillones cuando se cocinan al vapor” es que la familia se siente en libertad y, a semejanza de los moluscos, se abren para confesar sus preocupaciones sobre la situación política del presente y rememorar las atrocidades cometidas por los turcos en el pasado contra los suyos. Con todo, hay una fuerte represión frente a su pasado histórico, que se hace evidente tanto en el abuelo cuando concluye en concordancia con su difunta esposa en que “hay que hablar del lugar al que habías ido y no al que habías dejado atrás”. Asimismo, el padre de Fanis recrimina a su esposa por hablar de historia frente al niño, quizás en un intento por preservar tanto su inocencia como evitar abrir viejas heridas.

  

 

 

 

 

 

   

 

 

 

Es en el universo mágico e íntimo, representado por la tienda del Vassilis, donde se va moldeando la joven alma de Fanis. En el ático recibe lecciones de astronomía-gastronómica, conoce la geografía mediante imágenes de las postales aromatizadas según el carácter de cada lugar y descubre el amor a través de Saime, su bella bailarina turca. Ella pasa a ser la imagen idealizada de su ánima. Fanis, a modo de caja de resonancia, va introyectando la visión de mundo de su amado abuelo hasta hacerlo suyo propio y lo encarna mediante su auto-realización como gastrónomo y astrónomo. Tanto el abuelo como la niña fungen de agentes de destino. En cuanto al abuelo, el difícil momento de deportación en el que se separa de su nieto e hijos, ofrece un consejo a Fanis que acaba por coagularse en él: “Nunca te olvides de mirar las estrellas estés donde estés. En el cielo hay muchas cosas que se ven y otras que quedan ocultas. Háblale a los demás de las cosas que no pueden ver. A todos les gusta disfrutar de lo desconocido.” Siguiendo, consciente o inconscientemente el mensaje, Fanis se hace un renombrado astrofísico en busca de develar los misterios del firmamento. Por su parte, Saime, le hace depositario de su cocinita a fin de proveerle estímulo en lo que sabe es su mayor pasión. Desde muy temprana edad, Fanis prepara de manera magistral excelsos platillos de la gastronomía helénica. La identidad étnica de la familia está íntimamente ligada al ritual de la preparación y degustación de los alimentos: todos los domingos se reunía la familia extendida en una amena fiesta culinaria. Y Fanis, atraído siempre en el mundo de los adultos, va absorbiendo las enseñanzas y prácticas de su madre y tías no sólo en lo relativo a los más variados condumios sino, además, del intrincado mundo femenino. En razón de ello, resulta evidente que el guión está sobrecargado con elementos de la cultura culinaria de la población griega asentada en Turquía y que apuntan simbólicamente a la nostalgia por las raíces y al pasado perdido. Comida e identidad se vuelven sinónimos.

 

 

 

 

 

   

 

 

 

Desde una visión arquetipal cabe destacar que en este filme se observa la omnipresencia de una energía psíquica representada por la mítica diosa Hestia.

Antiguamente, Hestia era la diosa de la tierra -era la tierra misma- y del fuego sagrado de cada hogar. El lugar en el hogar donde el fuego resplandece es el lugar míticamente asignado a Hestia. Ella representa a la familia, la vida centrada y contenida y la ley del clan. El único servicio que se le rendía era la comida familiar. El deseo de tener un lugar de pertenencia, la necesidad de apego a la tierra, la búsqueda de un santuario personal que sirva como contenedor alude a la energía de Hestia. En razón de ello se hace imprescindible entender que el hogar no es sólo una casa en la que se habita, no es algo que pueda estar situado simplemente en cualquier parte que nos resulte conveniente ni tampoco es algo que pueda ser intercambiado con facilidad. Más bien, el hogar que debemos construir en los variados destinos a fin de honrar a Hestia debe ser un centro irremplazable de significancia. Se hace preciso abocarse a crear un hogar de pertenencia como lo intenta hacer la familia de Fanis tanto en Turquía como en Grecia. “las fiestas” culinarias resultan ser un elemento fijo, aglutinante que ofrece un reconfortante sentimiento de continuidad.  

   La historia que nos presenta Boulmetis está estructurada de dos maneras:

1. Por una parte, podemos hablar de una estructura binaria en la que se distinguen las polaridades en continua alternancia. Como ejemplo de ello podemos resaltar el contraste de dos ciudades: por un lado se nos muestra la exuberancia de la que fue una vez conocida como Constantinopla, con su regia Catedral de Santa Sofía, el estrecho del Bósforo, “de dónde se extrae el mejor pescado del mundo” y que divide la ciudad en dos partes: una situada en Asia y otra en Europa. Los habitantes despiertan todas las mañanas con el canto almuédano, el llamado a los musulmanes a la oración. Por otra parte, nos presentan a una Atenas más gris y apagada: “La Grecia que imaginábamos”, confiesa el padre de Fanis, “era más bonita que la que encontramos cuando llegamos”. Polaridades que se subjetivan en Fanis haciendo de él un hombre dividido entre la etnicidad griega y las raíces emocionales ancladas en Turquía, su país natal.

Asimismo, la polaridad se extiende entre aspectos tales como la fe musulmana y la cristiana ortodoxa, la patria y exilio, entre lo que se muestra y lo que debe permanecer en el misterio, entre la distancia y la lejanía; la felicidad y la tristeza; el deseo y el deber; la risa y el llanto y entre la vida y muerte. En fin, una alternancia y, hasta simultaneidad, polar que no es más que la vida misma develándose.  

2. Por otra parte, la narrativa está estructurada en tres tiempos descritos a través de metáforas gastronómicas

a. Los aperitivos: representan “los olores y aromas que seducen los sentidos y prometen aventuras”. Estos se corresponden con los inicios del filme que tiene lugar en la década de los cincuenta cuando realmente la vida, luego de superar muchas vicisitudes, se constituía en una promesa para la familia Iakoviedes.

 

b. Los segundos platos. Simbolizan la etapa del exilio durante la década de los sesenta. Un período difícil para la familia quien, a su retorno forzado a Grecia en calidad de deportados, se siente extranjera en su propia tierra (“Los turcos nos expulsaron como griegos y los griegos nos reciben como turcos”). Fanis intenta sobreponerse al vacío generado por el exilio forzoso –con sus significativas pérdidas- a través de su pasión por la comida. Símbolo tanto de su abuelo como de Saime, su primer amor y musa. Una pasión poco comprendida por sus padres temerosos ya sea de una desviación en la orientación sexual del muchacho o de una posesión demoníaca que puede degenerar en locura. Instigados por los prejuicios prevalecientes en la época -personificados por representantes de la curia, la educación y la autoridad militar con sus dobles discursos- deciden tomar acciones extremas: clausuran literalmente la cocina. Con todo, la pasión siempre encuentra un resquicio para colarse y Fanis haya esa grieta en la cocina de un burdel donde además es iniciado de forma delicada en las artes venusinas. Los padres parecen rendirse ante la realidad inminente pues luego podemos observarlo como un joven atareado en los quehaceres propios de un chef. 

 

c.   Finalmente, se concluye con los postres cuya asociación nos resulta engañosa. Pues pensamos en un final dulce y feliz que no se sucede, por lo menos, si esperamos un desenlace al estilo de los “happy endings” hollywoodienses. Fanis y Saime se ven imposibilitados de hacer pareja. Con todo, estimo que sólo así la imagen de su ánima, preservada de ser desacralizada por la cotidianeidad, podría seguir fungiendo de “ese eterno femenino que hala hacia arriba” para el frustrado amante. “No mires hacia atrás”, le señala Fanis en la estación cuando se despide de ella quien parte en unión de su familia. Mirar hacia atrás significa “una promesa”. Sólo se voltea la pequeña niña… la Saime de otrora…la que el corazón ha resguardado con fidelidad por tantos años. Por ello, los postres son descritos por Fanis como una clausura pero también como “el epílogo de los cuentos de hadas en los que al final emergen todas las emociones del héroe.” Esta tercera parte se corresponde con el retorno de Fanis a su tierra natal obligado por la inminente muerte de Vassilis y con la lysis del filme en donde nuestro protagonista realmente permite que emerjan esas emociones largamente represadas. Así, mientras Fanis se muestra incapaz de responder a la pregunta formulada por el anciano médico en Grecia, quien se extraña que habiendo viajado por tantos lugares en el mundo llevado por su profesión, nunca haya retornado a ver a su abuelo. Una interrogante que está continuamente presente en la mente del espectador. En los “postres”, Fanis finalmente devela a Saime esa íntima razón: “No volví por miedo al momento en que debía de retornar a Grecia”. El protagonista fue incapaz de correr el riesgo de reeditar el trauma de separación. Al igual que lo hace con Saime, abre su corazón como “las almejas al vapor” a Mustafá, antiguo amigo y marido de Saime y percibe un dolor en el preciso lugar experimentado por el abuelo pues “las viejas heridas son traicioneras,tienen vida propia”

 

 

 

 

 

   

 

 

 

Y si bien a la vida de Fanis le faltó un poco de las esas especias/emociones que él mismo maneja con inigualable destreza para el bien de los otros, con el retorno sobre sus huellas podemos hacer patente que ni el mágico prodigioso abuelo ha muerto ni ha perdido la inspirada imagen de su bella bailarina. Ambos han trascendido el espacio y el tiempo y viven en él ya sea como una animada constelación planetaria o como paraguas rojo flotando a través de los espacios siderales infinitos. Un desenlace que, a semejanza de la canela, nos resulta amargo y dulce.  

Quisiera finalizar con unas líneas de “Los cuatro cuartetos” del poeta británico-estadounidense, T.S. Eliot y que sensiblemente nos brindan un idóneo epílogo para nuestro protagonista:

“Y el fin de todas nuestras búsquedas
será llegar adonde comenzamos
 y conocer el lugar por vez primera.
A través de la puerta desconocida y recordada
cuando lo último por descubrir en la tierra
sea lo que fue nuestro comienzo”

 

      

 

 

 

 

*La sal es tanto un preservador como un sazonador. Es decir, la sal preserva de la corrupción de los alimentos – es decir, evita ese deterioro - y también resalta el sabor de los mismos.

 

          

 

 

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Sin el alma, no hay forma de salir de este tiempo" C.G.Jung